Crítica Una batalla tras otra: una sátira explosiva
que dinamita hasta sus valores
Una película de Paul Thomas Anderson (en adelante PTA), siempre es un acontecimiento que genera grandes expectativas. Porque no por pocos motivos se ha ganado, junto a James Gray, el título del cineasta que mejor ha recogido la herencia del nuevo cine americano (el de los 70) y le ha dado una nueva vida con estilo propio. Y por si fuera poco, con PTA la sorpresa siempre está servida, porque no hay dos películas suyas que se parezcan. Eso sí, todas tienen aspectos muy interesantes, igual que Una batalla tras otra, que, a pesar de que me ha dejado sentimientos encontrados, es innegable que es una buena película.
Una batalla tras otra es una sátira alocada que cocina los extremismos de la sociedad actual (horneada especialmente en la norteamericana), especiada con distintos tipos de humor (con mejor gusto en algunos casos que otros) y un buen chorro ácido para dejar un toque grosero. La trama se divide en dos partes, siendo la introducción la historia de una pareja de revolucionarios de un grupo antifascistas llamado el 75 francés, que organizan toda una traca de actos extremistas, que van desde la liberación de inmigrantes hasta atracar bancos, con una buena carga de fuegos artificiales pasionales. La segunda, que es la trama importante de la película, nos sitúa 16 años más tarde, donde nos encontramos con Bob, que tras todos estos años de esconderse en la calma tendrá que proteger su vida y la de su hija de un grupo de militares empeñados en hacer limpieza de todos estos revolucionarios jubilados.
El punto más sorprendente y brillante de Una batalla tras otra es su ritmo frenético y estilo alocado. La película va superrevolucionada, y no precisamente porque habla de revolucionarios. Es puro caos, pero caos con sentido, incluso con belleza en la fotografía. Todo un caudal de ideas locas y personajes disparatados, con secuencias de puro thriller que tiene tanto de huida como de persecución. ¿Y de dónde nace el caos? Pues de una puesta en escena tremenda, un Di Caprio que es puro nervio, unas situaciones descontroladas, y una banda sonora que transforma tu tímpano en los latidos de tu corazón. Porque la banda sonora es increíble. La omnipresente música taquicárdica va incrementando la tensión a base de golpe de piano. Pero lo mejor de todo son los momentos en los que para bruscamente, y, el silencio, en vez del efecto ansiolítico que estabas esperando, se vuelve el detonante de toda la tensión acumulada. Cuando se hace silencio, sabes que PTA acaba de quitar la anilla a la granada, y que es cuestión de tiempo que todo vuele por los aires. Es realmente una locura.
Pero si no fuese por este tono hiperbólico, la película se podría haber caído a trozos en cualquier momento. ¡Lo realmente mágico es que aguante este ritmazo durante más de dos horas! De no ser por la exageración, situaciones como las monjas guerreras y traficantes, o un Sensei (genial Benicio del Toro) calmado en medio del caos más absoluto, que incluso baila en un control policial, me hubiesen resultado ridículas. Aquí, como dejas de lado la racionalidad desde el minuto uno, cualquier locura te entra, aunque sea en forma de pistola. Aunque también es cierto que la mayoría de personajes son excesivamente zafios y vulgares (tanto militares como revolucionarios), y que abundan los diálogos en modo metralleta escupiendo más tacos que palabras. Este tono grosero, a mí, más que cómico, me parece incómodo e incluso de mal gusto. Igual que la retahíla de bromas sexuales que abundan principalmente en la primera media hora. Aunque es de agradecer que PTA no haya mostrado desnudos en esas escenas.
El reparto de actores es increíble. Di Caprio sigue manteniendo el nivelazo al que nos tiene acostumbrados con sus últimas películas. De hecho, tengo que reconocer que durante el visionado, más que lo que les pasaba a los personajes, lo que me interesaba realmente era ver a Di Caprio actuar. Y el verlo hacer de padre, a pesar del descontrol de su personaje, enternece. La actuación de Sean Penn también es de 10, que interpreta a Lockjaw, un coronel neo-nazi (tanto en el físico como por su forma de ser y pensar). Ambos personajes funcionan a la perfección no solo por estar muy bien actuados, sino por su caricaturización, y también por mostrar todas sus contradicciones. Las actuaciones femeninas también están muy bien, aunque me han fallado un poco sus personajes, e intuyo que es por la abundancia de personajes femeninos revolucionarios y empoderados que estamos viendo en los últimos años.
Si tuviera que quedarme con una secuencia, la mejor de todas es la brutal persecución de coches que vemos en el último tercio. Principalmente, porque consigue añadirle al frenetismo y tensión que es habitual en las buenas persecuciones automovilísticas, una capa adicional de suspense mediante el uso de una carretera con subidas y bajadas muy pronunciadas que hacen perder la visibilidad de los coches constantemente. Puro Hitchcock, pero en medio de una escena de acción. De hecho, el uso de la cámara en las escenas de coches me parece excelente, tanto en esta como en otras anteriores. Consigue transmitir a la perfección el temblor del coche en la cámara, creando una vibrante sensación de velocidad y movimiento. Pura sutura cinematográfica.
Sin embargo, ya he mencionado al principio que la película me ha dejado sentimientos encontrados. Y esto no ha sido solo por el tono que emplea, sino por su escasez de valores, y la forma de transmitir mensajes que ciertamente son importantes. Entre los años 1934 y 1968 se aplicó a las producciones estadunidenses el llamado código Hays, que, aparte de una serie de censuras, exigía que las películas tuvieran ciertos valores, o al menos un final moralmente correcto. Yo no digo que haya que volver a esto, pero sí que me parece que con la llegada de la modernidad, y especialmente la post-modernidad, el cine ha ido perdiendo esa función redentora que una verdadera obra de arte puede conseguir en el espectador. Y si las películas, por muy bien hechas que estén, solo nos sirven para pasar un buen rato, nos están dando muy poco. En el caso de Una batalla tras otra, sí que hay cierta crítica, mediante la sátira, al supremacismo, y una llamada a la revolución, aunque mostrando también todas las contradicciones de este tipo de movimientos. Aun así, el mensaje es un tanto ambiguo, y viene cargado de tanta crítica que no deja espacio a aportar soluciones (porque claramente la violencia no es una de ellas, espero que eso al menos haya quedado claro). Sin embargo, el mensaje realmente importante que tiene, y que es el que a mí me ha emocionado de verdad en esta película, a pesar de que queda bastante eclipsado, es la importancia de la familia. El personaje de Di Caprio se da cuenta de esto cuando tiene una hija. A pesar de no ser un padre ejemplar, sí que intenta proteger a su hija de todo peligro. Y el final es conmovedor, mostrando cómo hasta la persona más dura exteriormente pude acabar sintiendo algo por su hija. Sin embargo, tanto descalabro y tanta ordinariez acaban enmascarando el mensaje profundo, haciendo que solo brille la crítica superficial.
Para terminar, me gustaría resaltar un ejemplo de que sí se puede hacer una buena crítica social (también contra el supremacismo, racismo, machismo y todos los ismos que quieras), conjugada con un mensaje sumamente humanista, y con una imagen profundamente lírica y bella. Y el ejemplo es nada más ni nada menos que una de las 5 películas que ha recomendado PTA para completar el visionado de la suya: Centauros del Desierto, del inigualable John Ford. La película ética por excelencia. Bueno, creo que esta obra maestra habla por sí sola, así que vedla, y después contraponedla con Una batalla tras otra, y descubriréis la diferencia entre una película que te cambia la vida y una buena película que, a pesar de que no te deja indiferente, te deja con la sensación de que te ha quitado más de lo que te ha aportado.
Daniel
04/10/2025
