TODO A LA VEZ EN TODAS PARTES

Una mujer en busca de sentido


Crítica Todo a la vez en todas partes: Una mujer en busca de sentido

El domingo pasado, por azares del multiverso, me volví a topar con Todo a la vez en todas partes (Everything, everywhere, all at once), la maravillosa película de los Daniels (Daniel Kwan y Daniel Scheinert), que en su día me encantó, pero no llegué a tiempo a sacar una crítica. Y tras pasarme la última media hora con la piel de gallina, me dije a mí mismo: aquí hay algo profundo que vale la pena pensar con calma. Y entonces me decidí a escribir esta crítica.

Es difícil decir de qué va Todo a la vez en todas partes, ya que cualquier clasificación o etiqueta se le queda corta. Va de todo, a la vez y en todas partes. Es un mosaico barroco donde convergen distintas estéticas, géneros, estilos… Una macedonia de acción, comedia, drama, ciencia ficción…, donde todo salta de un lado al otro y avanza aceleradamente rápido, para que, antes de que te plantees la verosimilitud o el sentido de lo que estás viendo, ya te haya caído un chaparrón de ideas nuevas encima. Y, en parte, la película funciona gracias a este ritmo, porque una vez estás empapado, de perdidos al río y a dejarse arrastrar por su increíble y alocada corriente de la película.

Pero volvamos a intentar responder. ¿De qué trata la película? Pues de una madre agotada por la vida, que el día que tiene que presentar la declaración de su negocio de lavadoras, descubre que existen miles de universos paralelos y que ella es la elegida para intentar detener a una persona maligna, de cuyo nombre no puedo acordarme, que quiere destruirlo todo. O al menos esa sería una sinopsis general.

Intentemos responder una última vez a la pregunta. ¿De qué nos habla realmente la película de los Daniels? Del drama que supone pagar los impuestos. Es broma, aunque la película empieza con eso. Sinceramente, me parece que la película nos habla de una madre y de una hija que tratan de buscar sentido a sus vidas. Es verdad que da muchas vueltas por todo y en todos lados. Pero el tema de fondo sigue siendo el mismo: un enfrentamiento entre el nihilismo que lo quiere devorar todo y la bondad (el amor) que trata de mantener viva la llama de la esperanza. Partiendo de aquí, la película no deja de ser una gran metáfora de esta búsqueda de sentido. O de una madre y una hija que no consiguen entenderse, hasta que descubren que en verdad lo importante es amarnos a pesar de las diferencias que no entendamos. Vamos, toda una declaración de amor a la familia.

Si habéis visto Swiss Army Man, ya conocéis el estilo de los Daniels: rellenar una idea alegórica de un desborde imaginativo y de humor absurdo de todos los colores (hasta el punto de que algunos gags pueden incluso incomodar o sentar mal). Y en medio de este despilfarro, resaltar el drama que hay detrás hasta el punto de emocionar profundamente. En el caso de Todo a la vez en todas partes, es impresionante también el uso que hacen del montaje. Y no solo por las escenas de acción, que están superbién montadas y dirigidas, sino también por la barbaridad de planos e imágenes que han generado para todos los saltos multiversales. Los Daniels tienen una imaginación desbordante. Es increíble la cantidad de ideas (absurdas) que lanzan por minuto, que funcionan tanto a nivel cómico como para desarrollar la acción. Se nota que hay un trabajo mayúsculo detrás de esta película.



Pero lo que más me fascina es que cada universo paralelo tenga su propia estética, incluso su propia historia (por supuesto que no desarrollan todas, pero las que sí, las concluyen de forma conmovedora, incluso las que son aparentemente más desagradables, como la de los dedos salchicha). En particular, me ha encantado la estética In the mood for love (Wong Kar-Wai) que hay en una de ellas, y también las parodias de Ratatouille y 2001: odisea del espacio. Y ya no hablemos del final troll, o de la tremenda pausa del universo de las piedras.

Las actuaciones son todas geniales, siendo la mayor sorpresa la aparición de Ke Huy Quan, al que yo no veía en una película desde que actuó de niño en Los goonies e Indiana Jones y el templo maldito.

Pero, sin duda, yo con lo que me quedo de esta película (y mira que ya he hablado maravillas de ella), y que creo que es lo que la lleva a otro nivel, es su precioso mensaje: que tenemos que vivir la vida que nos ha tocado, y que la forma de encontrarle sentido es amar de verdad a las personas que tenemos al lado. Cuando quieres vivirlo todo, cuando buscas vivir otras vidas, al final no vives nada. No hay que perderse pensando en todas las posibles mejores vidas que podríamos haber tenido, todos los errores que podríamos haber evitado. La mejor vida es una y es la que nos ha tocado, porque es la única en la que podemos encontrar sentido. Porque el amor es lo que da sentido a la vida. Y quizás por eso es la palabra con la que el cristianismo se ha atrevido a definir a Dios: Dios es amor (1Juan 4:8).

El círculo tiene una importancia capital en esta película, esa figura geométrica donde el principio y el final se juntan. Por eso abre con un espejo circular, por eso tenemos una escena de ir a declarar los impuestos tanto al principio como al final. Pero ambas escenas tienen un tono totalmente distinto, porque, aunque la acción sea la misma, no lo es la forma de vivirla y la actitud que se pone en ella. El amor transforma en extraordinarias las cosas más ordinarias, les da un nuevo sentido. Una acción hecha con amor es totalmente opuesta a una sufrida sin él. Igual que el ojo blanco con pupila negra es el antónimo cromático y existencial de esa rosquilla nihilista del sinsentido que devora todo lo que entra en ella. Los ojos que el personaje de Ke Huy Quan pegaba en lugares cotidianos, como las lavadoras, los llenaban de alegría y de sentido. Por eso solamente hay dos formas de combatir con la existencia: los pequeños gestos de amor o sucumbir al vacío destructivo.

Ya por último, aunque la película me haya encantado, esto no la hace perfecta. Es cierto que cae en algunos estereotipos, probablemente innecesarios, para recargar el drama, o quizás como crítica social (la madre trabajadora inmigrante, la hija lesbiana incomprendida por la familia…). Sin embargo, prefiero quedarme con la parte importante, que es una película humanista, a favor del amor y la familia, los dos pilares que vertebran la sociedad. Así que huyamos de la tentación de querer experimentar cientos de vidas distintas y vivir miles de vidas ajenas, especialmente en ese multiverso al que hemos llamado internet, y llenemos nuestra vida de amor y sentido.


Daniel
22/06/2026