RETRATO DE UNA MUJER EN LLAMAS

La belleza está en los ojos que miran


Crítica Retrato de una mujer en llamas:

La belleza está en los ojos que miran

*Esta crítica, sin entrar en los detalles de la trama, contiene spoilers. También esta película contiene escenas explícitas de pasión entre dos mujeres (para más información podéis consultar la guía para los padres de IMDB).

La película arranca con un lienzo en blanco, como nuestra vida, donde unas manos indecisas van guiando nuestra mirada mientras esbozan los primeros trazos. Tras unas pinceladas de tiempo, vamos descubriendo las miradas atentas de las aspirantes a pintoras que, guiadas por la voz de Marianne, intentan perfilar un retrato de esta. Y antes de que os inquietéis porque llevo tres frases seguidas utilizando la palabra “mirada”, dejadme que os dé una explicación: Retrato de una mujer en llamas es una película sobre la mirada. Sobre la mirada de una artista que intenta captar la belleza de la realidad, sobre la mirada que queda inmortalizada en un retrato; sobre miradas de amor, sobre miradas prohibidas; sobre la mirada que una directora deposita sobre las imágenes de su película, sobre la mirada fascinada del espectador que dialoga con la obra…

Remando hacia el pasado, años antes de la clase mostrada en la introducción, la película nos sumerge en el momento en el que Marianne recibe el encargo de pintar, en secreto, a Héloïse, una joven aristócrata que acaba de salir de un convento y va a casarse. Así pues, al igual que Marianne, nosotros iremos también descubriendo poco a poco a Héloïse, a través de las delicadas miradas que Marianne irá depositando sobre ella, y su traslación al lienzo. La pintora guarda todos esos momentos con su mirada, igual que la pictórica cámara de Céline Sciamma, que va pintando todos esos recuerdos en nuestro corazón. Pero la película pronto nos descubrirá que no basta con una mirada atenta para captar a una persona en su totalidad, y aquí es donde entra una de las historias de amor, pasión y deseo más bellas y dolorosas de la historia del cine. El amor es lo que permite a Marianne pasar de ver un objeto a un sujeto, es lo que le permite ir más allá de las reglas, ideas y convenciones, es lo que le permite ver verdaderamente a Héloïse. Nuestra esencia se revela ante una mirada llena de amor, nuestra esencia se desvela cuando respondemos con amor a esa mirada. Para pintar un verdadero retrato, hay que captar la vida en el rostro, hay que conocer verdaderamente a la otra persona. Solo el amor aporta ese conocimiento. Por eso le molesta tanto a Héloïse el primer retrato, porque por muy detalladas que fueran las miradas, carecían de la profundidad y la intensidad con las que baña la luz de afecto. Y por eso le gusta tanto el segundo, porque el cuadro deja de ser un objeto para convertirse en un gesto de amor, que encierra sentimientos, recuerdos y vida. La vida que lleva en los ojos.

La fotografía es realmente pluscuamperfecta. Pura poesía y pura belleza, como si de un paseo por el museo de El Prado se tratase. El uso de una corta profundidad de campo resalta la intensidad de los rostros, haciendo especial énfasis en los ojos. Y los momentos en los que se usa muy lento el zoom in sobre los rostros son demoledores. El primero, al inicio, sobre Marianne, cuando descubre el cuadro al final de la clase; el segundo, en la catarsis final sobre Héloïse, cuando escucha el atronador Verano de Las cuatro estaciones de Vivaldi (la misma canción que Marianne había tocado una hora atrás con el piano). Pero si nos fijamos en los colores, estos son un baño lírico. Con el riesgo de sobreinterpretar que siempre se corre al intentar asociar colores y significantes, en este caso me parece que vale la pena arriesgarse. La coloración destaca principalmente en los vestidos, que en gran parte de la película son rojos para Marianne y verdes para Héloïse (colores opuestos en el círculo cromático, que se complementan y potencian mutuamente). El rojo de la pasión, del deseo, de ese fuego que da luz pero a la vez consume. El verde de la vida, de la esperanza, de una Héloïse ya liberada de la influencia de su madre. Pero también está muy presente el azul, en el mar, en el cielo, en la ropa de la madre de Héloïse y en la propia Héloïse cuando su madre está con ella (en ese intento de convertirla en su reflejo). También en Marianne al principio y al final de la película. Un azul frío y melancólico, que atrapa con la fuerza con la que el cielo cae sobre nosotros, y rodea amenazante como el mar que circunda la isla. Ese mar de la presión social, frente al rojo ardiente de la llama libre y femenina. También es destacable el vestido blanco fantasmagórico y espectral, y el vestido amarillo que ambas llevan al final. Amarillo que, de hecho, es el opuesto al azul de la tristeza, las convenciones y las reglas sociales. Amarillo que, aunque separadas en distancia, las mantiene unidas, y acerca su presencia en esa última mirada.



En Retrato de una mujer en llamas todo es poesía. Desde las rimas a base de formas y colores hasta la brutal y dolorosa antítesis que nos presenta en una misma imagen un cruel aborto y un risueño bebé de menos de un año. Y toda esta lírica alcanza su forma más sublime en la escena de la hoguera, donde, en torno a ese fuego, imagen del amor y la pasión, la forma poética se come al realismo. También esta es la única escena de la película con música (aparte de las dos ya mencionadas apariciones del Verano de Vivaldi), en forma de canto vocal diegético. Es todo un aquelarre emocional, donde el deseo quema y hace arder. Las actuaciones de Adèle Haenel (Héloïse) y Noémie Merlant (Marianne) son excelentes. Y el personaje de Sophie me parece una decisión magnífica para mostrar lo que es la amistad, en contraste con el amor apasionado.

Es realmente interesante la interpretación y reescritura que hace la película del mito griego de Orfeo y Eurídice. En la historia clásica, Eurídice podía volver a la vida si Orfeo no la miraba hasta que salieran a la luz. Pero este no resiste a la mirada prohibida, perdiéndola para siempre. En Retrato de una mujer en llamas, Marianne decide mirar también por última vez a Héloïse y así recordarla para siempre. Pero bajo la afirmación de que fue Eurídice la que llamó realmente a Orfeo para que la mirase. Y Orfeo, como buen artista, toma la decisión del poeta por encima de la del amante: se gira para conservar la imagen de la amada en su recuerdo, antes que conservarla a ella. Igual que Marianne. No luchan por conservar su amor; se quedan con la imagen, el retrato, el dibujo en el libro, el recuerdo idealizado… En el retrato, la mujer siempre está en llamas, nunca se consume. Igual que el bordado de Sophie, donde las flores siempre estarán vivas y nunca se marchitarán. El retrato petrifica la imagen perfecta con toda su emoción y sentimiento; el cine nos devuelve el paso del tiempo, y momifica el momento, el recuerdo, haciendo de esos minutos, horas, días…, un sueño inmortalizado al que siempre podremos volver.

El cine es pintar imágenes con la luz; el cine es un espejo que nos devuelve la vista. El cine es belleza y amor a la mirada, porque la belleza está en los ojos que miran. No sé si es correcto anatómicamente afirmar que los ojos son la única parte del cuerpo que casi nunca cambian. Pero si te enamoras de los ojos de una persona, de la belleza de su mirada, eso se quedará en tu corazón para siempre. Una de las mejores definiciones de amor que he leído es la que le dijo un campesino al santo cura de Ars ante la pregunta de qué hacía cuando rezaba ante el sagrario: “Yo le miro y Él me mira”. No hace falta más. Lo mismo sucede con esta película: yo la miro y ella me mira. Nos emocionamos con esta historia de amor (y desamor), a la vez que descubrimos que esta obra nos comprende, nos abraza, nos enciende. El buen cine de amor es aquel que nos hace sentir que amar tiene sentido, a pesar del sufrimiento que conlleva. Porque por mucho que nos arda el corazón, siempre acaba llegando el momento en el que tenemos que apartar la mirada. Entonces brotan las lágrimas.


Daniel
22/02/2026