Crítica Resurrection: una vela que no se apaga
Alrededor de los años 20, surgió un movimiento que cambió para siempre la historia del cine: el expresionismo alemán, cuyo fundamento era adaptar la realidad, mediante la imagen cinematográfica, al estado emocional de los personajes. Este movimiento, que fue acusado por algunos de distorsionar la realidad, pronto demostró que, alterando la plástica de la imagen, se podían potenciar y resaltar realidades más profundas, del interior de las personas, de una forma que, mediante una mirada documental, podían pasar desapercibidas. Un siglo más tarde, la nueva película de Bi Gan, Resurrection, arranca con un prólogo de unos 20 minutos que es puro cine mudo expresionista.
La 4ª película del director chino de 35 años ha caído como un telón de acero sobre las pocas salas de cine que se han atrevido a estrenarla, tambaleando los cimientos de todos los que amamos y pensamos el cine. Ante una película de tal densidad y envergadura, las posiciones fáciles siempre son las de canonizarla súbitamente como obra maestra absoluta o estigmatizarla prejuiciosamente como fumada vacía y pretenciosa. Sin embargo, ante un arma de tal calibre, me parece que debemos andarnos con pies de plomo y pensar la obra con la calma que se merece, no sea que nos pase como con Holy Motors (2012, Leos Carax), que nos coló un artificio vacío disfrazándolo de “poética” llamativa y rompedora, o que por el contrario acabemos crucificando al mesías por la dureza de nuestro corazón.
Es difícil explicar de qué trata Resurrection, porque realmente, sin hablarnos de nada, nos dice y hace sentir muchas cosas. Pero la sinopsis básica es que nos encontramos en un futuro distópico donde se ha descubierto que la forma de alcanzar la inmortalidad es dejar de soñar. Sin embargo, todavía existen algunos rebeldes, llamados delirantes, que sacrifican su vida eterna para seguir soñando. Todo esto se explica en forma de intertítulos en el primer plano de la película. Porque después nos sumerge en un sueño expresionista, donde Bi Gan demuestra cómo conoce y ama el cine, exprimiendo al máximo todas las potencialidades del expresionismo (decorados, colores, sombras, humo…) potenciadas por los medios del cine actual. Estos bellísimos 20 minutos son ciertamente lo mejor de la película. Y tras esta fantástica introducción, donde, aparte de conocer a un delirante, se nos deja clara la evidente metáfora que empareja los sueños con el cine, la película se divide en 4 capítulos. Capítulos que a su vez son cuatro sueños de este personaje, y a la vez cada uno de ellos es un viaje y homenaje a través de una etapa diferente de la historia del cine.

Resurrection es puro deleite visual. Es una apuesta suicida a favor de la imagen cinematográfica. Es un sueño donde no importan tanto los hechos, sino la forma de experimentarlos y el poso que dejan en nosotros. Y todo esto Bi Gan lo consigue dotando a la imagen de un peso y una fuerza increíbles. Y enriqueciendo este uranio radioactivo con una densidad tremenda de referencias, homenajes y simbolismo. A pesar de que cada una de las 4 historias tiene su propia trama (una investigación policial sobre una caja misteriosa, una conversación entre un monje budista y un espíritu personificado, un padre y su hija que engañan a la gente mediante trucos de magia, y la caótica y vampírica última noche de 1999), y que las dos primeras no tengo del todo claro hasta qué punto acaban de funcionar, Resurrection, en el fondo, de lo que nos está hablando es del cine. El cine, esa ilusión más viva que la propia vida, ese sueño donde nos sentimos más despiertos que cuando estamos en vela.
Sin embargo, para poder despegar junto a la película, hay que dar un salto de fe, ya que esta busca la abstracción y, por lo tanto, deja demasiado espacio a la interpretación. No es una película narrativa convencional. Por eso creo que difícilmente encontrará acogida fuera del espectador muy cinéfilo que esté habituado al cine de autor. También es una obra que te habla más desde el reflejo que deja en tu recuerdo que mirándola directamente a la cara. Requiere un paciente postprocesado para poder exprimirla bien, ya que la hipnosis de sus imágenes a mí me hacía olvidar hasta de leer los subtítulos. Y con esto no quiero decir que sea una película inaccesible, pero tampoco creo que sea perfecta. Yo, por lo menos, opino que se podría haber hecho un mayor esfuerzo en acercar el guion al público general. Creo que una verdadera obra maestra, sin perder profundidad y densidad, debe poder abrirse a un mayor abanico de espectadores (sirva como ejemplo más de la primera mitad de la historia del cine, donde las grandes obras de arte funcionaban también muy bien en taquilla, o lo bien que funciona la tercera historia de la película). Y también opino que alguna escena se excede un tanto de violenta y sanguinaria.
Aun así, de esta carta de amor al cine podemos destilar varias reflexiones interesantes sobre el séptimo arte. En la época actual, tan amenazada por la hipertecnologización y el tsunami de la inteligencia artificial, el buen cine nos puede devolver la humanidad. El arte nos hace sensibles y, por lo tanto, mortales. Pero qué mejor forma de dar la vida que el experimentar la belleza, el soñar y sentir otras vidas, el conectar con nuestro reflejo en la pantalla. Esto nunca lo podrá hacer un robot, y quizás por eso no crecen, no envejecen, no mueren. Alguien inmortal ya no está interesado en el sentido de su vida, en el origen y destino, porque va a vivir para siempre. El arte nos devuelve la capacidad de soñar, de preguntar, de buscar sentido… El mundo va a su ritmo acelerado. Sin embargo, como vemos en la película que se proyecta en la calle en la 4ª historia, el cine tiene su propio ritmo, que conecta con el tiempo del espectador.
Hay cientos de detalles que se podrían analizar en la película, desde el simbolismo del agua, que aparece en sus diferentes estados (lluvia, nieve, vapor…), hasta cómo consigue un mismo actor interpretar distintos papeles protagonistas, consiguiendo personajes totalmente distintos. O el uso del humor absurdo para quitar seriedad a la trama, la importancia de los espejos, los reflejos, la luz… También la capacidad que tiene Gan para empapar de magnetismo imágenes sencillas, como unos zapatos subiendo unas escaleras, o la sombra de una mujer comiéndose una manzana (la fruta prohibida, por cierto). Sin embargo, creo que puede ser más interesante perfilar algunos aspectos generales de cada historia y conectarlos con el tema principal (el cine). Pero para eso, voy a tener que destripar algunos trozos de la película.

Lo que mucha gente está resaltando son las conexiones que se dan entre las historias y los diferentes sentidos (muy de la filosofía budista). Pero prácticamente no he leído comentarios que intenten buscar una unidad de sentido a la obra, así que este es el granito de arena que voy a intentar aportar aquí. Vayamos por partes, como Jack el destripador. El prólogo nos grita de forma bastante evidente que Resurrection tiene algo que decirnos sobre el cine, siendo el momento más explícito cuando nos muestra un cinematógrafo en el interior del delirante. Así que sobre esta óptica me parece que hay que leer el resto de historias.
El primer capítulo, que evoca al cine neo-noir con estética de cómic ciberpunk, y algún que otro momento (incluso personaje) lynchiano, de entrada puede parecer que tiene poca conexión con el tema. Sin embargo, aparte de dejarnos algunas viñetas maravillosas, desemboca en una tremenda persecución final en un laberinto de espejos que, a pesar de ser una clara referencia a La dama de Shanghái, creo que es aquí donde podemos encontrar una alegoría interesante: el cine es un laberinto de espejos, donde al final siempre acabamos persiguiéndonos a nosotros mismos.
La segunda historia es un tanto más introspectiva, ya que consiste en un diálogo reflexivo entre un monje y el espíritu/demonio de la amargura. Siguiendo la misma línea metafórica, me parece que puede ser interesante ver aquí un reflejo de que las películas también encarnan una parte de nuestro espíritu, y que nos permiten dialogar con él. Aunque no siempre sea la parte que nos gustaría, ya que este también puede venir bautizado de amargura.

El tercer relato me parece el mejor de todos y, a su vez, creo que por eso es el que mejor puede conectar con cualquier tipo de espectador (es también el más narrativo). Vestido de cine de gangsters de los 70-80s, asistimos a cómo un padre le enseña a su hija a hacer trucos de magia, con el fin último de engañar a un rico mafioso y así sacarle dinero. Aquí el paralelismo es evidente: el cine también es una ilusión. En el fondo, es todo un truco, como diría Jep Gambardella en La gran belleza. Sin embargo, al igual que le sucede al ricachón al final del capítulo, a veces preferimos el sueño, el truco, la ilusión a la propia realidad. Cuando la ciencia ha agotado todos sus medios y no puede acceder a la verdad, siempre nos quedará el arte, siempre podremos creer en la belleza y en la magia. Y quién sabe, quizás este truco al que llamamos cine nos acerca y desvela mejor la realidad que la propia realidad.
La última narración consiste en la última noche de 1999 (para algunos el supuesto fin del mundo) y la madrugada que se adentra en el nuevo año. Y todo esto recorrido de forma sublime (increíble también el uso de la luz y del color) mediante un virtuoso plano secuencia, que incluso durante diez minutos encarna el plano subjetivo de uno de los personajes (Mr. Luo). Aquí la estética recuerda claramente al nuevo cine chino, cuyo mayor influente es el esteta Wong Kar-Wai. Aunque tengo que reconocer que en algún momento me ha recordado también a Gaspar Noé. Pero vayamos a lo que nos hemos propuesto. A pesar de que aquí el deleite visual que llueve en forma de imágenes hubiese bastado para justificar los casi 40 minutos que dura este tramo, creo que también es significativo que desemboque en una historia de vampiros. Porque el cine también tiene algo de amor vampírico, donde da igual que llegue el amanecer (que se enciendan las luces tras acabar la película), lo importante es haber llegado hasta ese momento juntos. El amor y la muerte están íntimamente relacionados. Y el amor por el cine nos conduce de las profundidades de la noche oscura hasta la luz, aunque la obra termine en el preciso instante que esta se alcanza. Por suerte, siempre nos quedará la resurrección.
Sin embargo, todo este discurso se calcinaría en cenizas, como la pantalla de cine ardiendo con la que abre la película, si Bi Gan no proyectara una esperanza hacia el futuro. Y aquí es cuando llega el conmovedor epílogo que eleva su mensaje a otra dimensión. Gan nos invita a ser delirantes, soñadores, que nuestra luz consuma la cera de nuestra vida. Las velas prenden, se deshacen y mueren, pero su luz sirve para alumbrar otras vidas. Esto es lo que a mí me transmite ese último plano de un cine lleno de velas que se van apagando y fundiendo en un mismo espíritu. Igual que la belleza está en los ojos del que mira, la luz del cine está en el espectador. En el momento en el que no haya espectadores, el cine morirá. Pero mientras exista alguien dispuesto a deshacerse frente a una pantalla de cine, la luz seguirá brillando, la humanidad seguirá viva, y el arte, aunque lo den por muerto, podrá resucitar y volver transfigurado.
Daniel
15/05/2026

