Crítica Petite Maman: La encarnación del amor materno-filial
En Petite maman, el silencio suena. Hay un rumor en el bosque más allá del viento que peina las hojas y el canto de los pájaros que acaricia el oído, una voz de lo que fue, de quienes estaban, y de lo que somos. Esta luminosa película de Céline Sciamma, con sus profundos y poéticos 70 minutos, consigue transmitir sin adornos la densidad de toda una genealogía.
Voy a permitirme el lujo de hablar desde el principio con spoilers por dos motivos: primero, porque por lo que dura la película casi que tardas menos en verla que en leer esta crítica (así que si no la has visto, ya sabes qué hacer), y segundo, porque una película fundamentada sobre la belleza poética, no necesita sustentarse sobre giros de guion, y el conocer los ingredientes del menú ayuda a poder identificarlos y saborearlos mejor.
Petite maman comienza con un maravilloso plano secuencia siguiendo a Nelly, una niña de 8 años que, tras visitar varias habitaciones despidiéndose una a una de las personas ancianas que viven en ellas, llega a la habitación vacía en la que había estado su abuela. Tras esto, viajan a la casita de campo de la abuela para vaciarla. Ya desde el principio vemos la importancia que tienen para Nelly las despedidas, y el remordimiento que tiene, como reconocerá más adelante, por no haberse despedido correctamente de su abuela. Y precisamente será el hecho de que la madre les abandone y se marche sin despedirse de la casa de la abuela, por no poder soportar la tristeza, lo que permitirá la entrada de la fantasía y la poesía en la película.
Nelly atraviesa el bosque, que es portal y frontera, y encuentra a una niña, Marion, que resulta ser su madre a los 8 años de edad. Desde ese instante, los dos mundos se visitan mutuamente. Las casas son casi idénticas, solo cambia un trozo de pared en la cocina, y a veces ni siquiera hay corte entre escenas: Sciamma hace que el tiempo se deslice de un lado al otro del plano. A partir de aquí, todo lo que hacen las niñas, una madre y una hija con la misma edad, construir la cabaña, jugar a interpretar papeles, montar en barca y adentrarse en una pirámide… (con el simbolismo y la poesía que todo esto encierra), hacen de los diálogos y juegos no un refugio, sino un camino para entender y entenderte, para hacer las paces con todo aquello que nos cuesta comprender y nos duele, para que madre e hija se conozcan mutuamente y así puedan conocerse a ellas mismas. La mejor forma de comprender nuestros miedos y preocupaciones es verlos reflejados en otras personas.
Vemos cómo Nelly, a medida que avanza la película, se va mimetizando con la imagen de Marion: la forma de peinarse, de hablar, de pensar, de jugar… Y es que, realmente, ambas son muy similares en todas las dimensiones de la persona (no solo porque están interpretadas magníficamente por las hermanas gemelas Joséphine y Gabrielle Sanz). Esta mímesis es la que permite que las heridas de Nelly cicatricen, descubrir como la raíz de su malestar se encuentra en la historia de su madre, en su soledad, y en una abuela marcada por la idea de la enfermedad y de la muerte (como reflexión para nosotros, debemos ser muy conscientes del impacto que pueden tener estas ideas en el corazón de una niña, alguien que está naciendo a la vida y cuyo deseo es dar y llenar de vida todo lo que hace).
Pero sin ninguna duda, lo que me parece más bello es la idea de que dos momentos distintos convivan durante un tiempo. Ambos mundos se visitan, reflejando esa curiosidad que sienten ambas niñas, tanto de la hija por la madre como de la madre por la hija. Y la valentía de la película se sustenta en no pretender que pensemos que todo es fruto de la imaginación de una niña. Porque los personajes que les rodean en ambas realidades (la abuela, el padre) pueden hablar e interactuar con ellas. No hace falta cuestionarse el porqué. Cuando la imagen poética convive con la realidad, la verosimilitud es lo de menos. Para los que se quieren no hay distancias ni espaciales ni temporales. Las personas que amamos viven muy cerca de nosotros, independientemente de dónde y cuándo estén. No he escuchado a Carla Simón citar a Petite maman en sus entrevistas acerca de su última película, pero ciertamente hay algo en el final de Romería que está en la misma longitud de onda que Petite maman.
Desde mi punto de vista, el tema central de Petite maman es el amor materno-filial. Hay una escena bellísima en la que ambas niñas están hablando y Marion (la madre) le pregunta a Nelly “¿Deseaba tenerte?”. “Sí”, le responde Nelly. “No me extraña —dice Marion—, porque ya estoy pensando en ti”. Esta frase ilumina toda la película: el deseo de la maternidad es innato en toda niña que nace. Las hijas llevan a sus madres en la sangre. Por eso en la infancia juegan a ser ellas.
La película es un acierto en todos los sentidos. No se refugia en el melodrama: la emoción está contenida, casi invisible, pero se siente en cada plano. Igual que nuestras lágrimas. La fotografía, pintada de serenos colores y tonos amables, enmarca y resalta a las dos niñas con vestidos rojos y azules, respectivamente. Los planos generales de las niñas jugando en el bosque, bañados por el marrón y el verde de las hojas (caducas y perennes, otra de las múltiples metáforas que hay), son sencillamente preciosos. La película también está plagada de detalles de una finura exquisita, como que el presente se encuentre siempre detrás de Nelly, o algunas frases y diálogos que no tienen desperdicio, como cuando le dice al padre que le cuenta cosas pero no le habla de las cosas importantes, como sus miedos (un padre que tras eso, parece que empieza a pensar más en su hija, le deja quedarse un día más, se afeita la barba como a ella le gusta y se la afeita “como se hacía antes”…). Y también queda patente la importancia que tiene para un niño el sentirse escuchado. A veces parece que los niños son los únicos que escuchan a los niños y les interesa verdaderamente lo que estos dicen. Y quizás es por eso que el verdadero encuentro con la madre se tenga que dar en su edad de niña.
Resumiendo, Petite maman sabe construir con los mínimos elementos y con una delicada sensibilidad un auténtico milagro cinematográfico: una obra hacia el interior de una niña, un viaje hacia sus más profundos sentimientos, la encarnación del amor que siente una hija hacia su madre y una madre hacia su hija. Petite Maman es un viaje a lo esencial. Un recordatorio de que mirar atrás no es nostalgia sino encuentro. La memoria de que allí, detrás del presente, nos esperan quienes nos amaron y nos hicieron.
Daniel
28/09/2025
