Crítica Perfect Days: la estética de lo cotidiano
¿Qué es un día perfecto? Levantarte cuando todavía es de noche, doblar las sábanas, recoger el libro con el que te quedaste dormido, lavarte los dientes, recortarte el bigote y afeitarte, regar las plantas con esmero y despedirte de ellas con una sonrisa, vestirte, ponerte los zapatos sentado en la escalera, coger las llaves y la cartera (pero dejando siempre el reloj en la estantería), salir a la calle y mirar al cielo con la alegría y satisfacción dibujadas en el rostro, comprar un café y arrancar la furgoneta, para poner luego en el momento preciso un cassette analógico con una de tus canciones favoritas, y… dedicar toda tu jornada laboral a limpiar baños públicos. Eso sí, con el mayor esmero y rendimiento posible, cuidando minuciosamente todos los detalles, a pesar de tener un compañero que no cumple ni los mínimos, y que te puede dejar tirado en cualquier momento… ¿Es esto para nosotros un día perfecto? Puede que no suene muy atractivo, pero para Hirayama (un impresionante Kôji Yakusho) es una vida perfecta. ¿Por qué? Porque sabe colmar de fuerza y sentido cada instante de su rutina.
Sé lo que estás pensando, que ver a un japonés limpiando váteres no es la película que venías buscando. Lo mismo pensaba yo. Porque Perfect Days no es la película que quieres ver, sino la que necesitas ver. Vivimos en un mundo adicto a la inmediatez, a los grandes estímulos, a las emociones fuertes… Y precisamente por eso es tan necesario que algo nos frene, y nos obligue a detenernos y mirar cómo un fantástico Kôji Yakusho se pone a limpiar unos baños con toda la delicadeza y esmero del mundo. Nunca ha habido tanta belleza y tanta dignidad en limpiar un váter. Toda una obra de artesanía, y hecha con todo el amor posible. A simple vista, puede parecer que la película peque de repetición, porque nos muestra una rutina casi calcada varias veces. Pero esto es intencionado, para que dejemos de ver y empecemos a mirar, para que apreciemos el misterio que encierra, para que seamos capaces de observar, que digo, de vivir ese preciso y precioso instante que está sucediendo ante nuestros ojos. Aunque sea una acción aparentemente cotidiana y rutinaria. Pero que encierra esa magia de lo real de la que hablaba Bazin, esa estética de lo cotidiano... Esa belleza que Wim Wenders sabe capturar con la cámara y nos ofrece como regalo, para que cuando nos toque volver a nuestras vidas, a nuestra rutina, nos acordemos de ese Hirayama sonriendo feliz a la cámara, llorando de emoción, y sepamos que nosotros también podemos vivir unos días perfectos.
Pero si la fuerza de Perfect Days residiera solo en su mensaje, ciertamente no tendría ni la mitad de impacto que consigue en un espectador atento. Wim Wenders, con sus ya casi 80 años de edad, sigue demostrando que tiene una sensibilidad tremenda a la hora de generar imágenes bellísimas. La composición es prácticamente perfecta en cada plano. Y a diferencia de otras de sus grandes obras en cuanto a fotografía se refiere (El cielo sobre Berlín, o París, Texas), aquí la composición es mucho más sutil, sin grandes subrayados, sin gritar, sin contrapicados extremos… El lenguaje cinematográfico que usa no es narrativo, es puramente estético. Sabe cuándo añadir un color adicional a la composición para resaltar un plano, cuando combinar luces de colores y temperaturas complementarias, cuando enfocar o desenfocar el fondo (me parece increíble el último diálogo que aparece en la película, con un enfoque súper selectivo y las luces del fondo súper desenfocadas generando círculos de colores gigantes). El tamaño del fotograma también le favorece, además, del uso de fotografías analógicas como refuerzo semántico y poético.
Sorprende como una película que su grito más fuerte es el silencio, consigue llenar de tanta voz cada una de las acciones que muestra. Aunque sea tan solo un personaje deambulando de un sitio a otro. Y en los momentos en los que habla Hirayama, se nota la profundidad que tienen sus palabras. Por eso dicen que en el silencio es donde las palabras cogen su fuerza. Cada gesto, cada mirada, cada frase, está cargada de una vitalidad y positividad desarmante.
Perfect Days termina con un texto post-créditos donde da una definición de la palabra japonesa Komorebi - “el juego de luz y sombras creado por las hojas movidas por el viento. Solo existe una vez, en ese preciso momento”. Y precisamente, esta es una de las claves de lectura de la película: que los pequeños detalles importan, que los momentos concretos son importantes. Esta filosofía de vida es la que fluye en las acciones de Hirayama: capturar la luz que se filtra a través de los árboles para luego transmitirla él en el brillo reluciente de cada váter que limpia; dejarse inundar por la poética de la literatura, que va llenando sus sueños de belleza y esperanza, para luego tener una sonrisa para cada persona. Ese entusiasmo y alegría por vivir surge cuando nos fijamos en los pequeños detalles, cuando sabemos apreciar la belleza de la naturaleza, de la luz, de las sombras… todos esos instantes preciosos que suceden ante nuestros ojos y que nos perdemos por ir con prisas de un lado para otro, por ir perdidos en una pantalla de móvil, por dejarnos absorber por nuestros problemas que nos encierran dentro de nosotros y nos impiden ver que hay un valiosísimo tesoro allá fuera, esos reflejos de la belleza que esperan ser descubiertos por una mirada limpia y atenta. Son esos detalles, una partida de tres en raya en un papel escondido (que refleja que hay alguien que se ha dado cuenta del trabajo que hay detrás de un baño limpio), una sonrisa inesperada, el ejemplo de un compañero que casi ni se detiene a hablar para rendir al máximo en su trabajo… Vivimos una vida maravillosa que muchas veces no somos capaces de percibir.
Vayamos esculpiendo en nuestras vidas esos días perfectos, llenemos nuestro día a día de belleza y sentido, para que, cuando lleguemos al final, alguien pueda revelar esa fotografía analógica que hemos vivido, y sea como un rayo de luz que se filtre en el recuerdo para siempre. Así podremos terminar con ese plano fijo sonriendo emocionados a la cámara, al espectador, que tras ser sostenido durante 2 minutos, nos hace descubrir que no estábamos solos en el contraplano, que allí en el horizonte hay también un sol magnífico y brillante que lo llena todo de luz, de sentido, de felicidad. La vida es maravillosa. Como decía Chesterton, puede que sigamos en el Edén, tan solo hemos cambiado (o perdido) nuestra forma de verlo.
Daniel
14/05/2025
