Crítica Los domingos: una auténtica epifanía cinematográfica
Desde que Los domingos de Alauda Ruiz de Azúa ganó tanto la concha de oro como el premio Signis (premio que se otorga a películas que, además de su calidad cinematográfica, promueven valores humanos universales) en el festival de San Sebastián, supe que algo extraordinario tenía que haber en esta película. Porque ciertamente había algo sorprendente en su receta: una directora atea haciendo una película acerca de la vocación religiosa, y que estaba recibiendo alabanzas y magníficas críticas tanto por parte de los católicos más devotos (como monseñor Munilla, obispo de la diócesis de Orihuela-Alicante), como por parte de los ateos más acérrimos (gran parte de los críticos de cine de nuestro país). Pero si bien fui a verla con grandes expectativas, nunca hubiese imaginado el incendio emocional que hizo arder en mí la película. Aunque antes de que me ahogue en halagos sentimentales, vayamos por partes, como las integrales de la vaca vestida de uniforme.
Empecemos por la sinopsis. El punto de partida vendría a ser que Ainara, una chica de 17 años, anuncia a su familia que está discerniendo si hacerse monja de clausura en vez de ir a la universidad. Esta decisión, por la radicalidad que conlleva, no les sienta nada bien, especialmente su tía Maite, convencidamente anticlerical, que tratará de poner todos los medios para disuadirla de esta opción. Mediante este planteamiento, la película se desarrolla como un acercamiento al misterio de la vocación y la fe, y las dudas, el dilema y el drama que genera tanto en la misma persona como en su familia más cercana, sacando también a la luz el tema de la libertad de los hijos, la familia, o el amor.
El cine español ciertamente está llegando a una etapa de madurez que permite poder hablar de cualquier tema sin prejuicios. Puede que uno de los motivos sea que esta nueva generación de cineastas ya no ha vivido ni la guerra ni la dictadura. Pero me parece extraordinario que los mejores directores contemporáneos de nuestro país se estén acercando con una mirada abierta, libre ya de esa mochila llena de prejuicios e ideologías que llevamos arrastrando tanto tiempo, y puedan explorar con honestidad todos esos temas que han sido un tabú durante muchos años, pero que sentimos esa necesidad de volverlos a pensar con calma. Por poner algunos ejemplos, me parece excelente como se aborda el tema de la ancianidad en Los destellos de Pilar Palomero, la muerte en Sirat de Oliver Laxe, las heridas familiares (especialmente en relación con el SIDA) en Romería de Carla Simón…, o incluso el volver a poner en debate la tauromaquia como hizo Albert Serra con Tardes de soledad. Y ahora llega Alauda Ruiz de Azúa a hablarnos de la familia y la vocación, con Los domingos.
Después de darle varias vueltas (Los domingos ciertamente es una de esas películas que se quedará conmigo para siempre), me parece que la verdadera magia de la película es su capacidad para conectar con el espectador. Sinceramente, hacía tiempo que no sentía una conexión emocional tan fuerte, hasta el punto de deshacerme en lágrimas en varias escenas. Y creo que esto lo consigue gracias a la espectacular identificación que puedes llegar a sentir con todos y cada uno de los personajes, independientemente de que compartas o no sus opiniones. ¿Y cómo lo consigue? Depositando una mirada sincera y humana sobre ellos, exponiendo sus puntos de vista y su dolor con transparencia y sin manipulación, sin tratar de forzar ningún mensaje ni intención. Alauda no quiere demostrar nada, sino simplemente mostrar. Crear con su película un espacio de encuentro y reflexión, donde el propio espectador pueda conectar con las emociones, especialmente el dolor y la duda, tan humanas, que sienten los personajes, y así realizar su propia búsqueda y sacar sus propias conclusiones. La película en sí misma es casi una oración cinematográfica, una búsqueda de sentido, un intento por tratar de entender, o al menos comprender, esa misteriosa llamada que lleva a una joven de 17 años a querer ingresar en un convento de clausura.
Por supuesto que la directora debe tener su propia opinión acerca de estos hechos, pero su honestidad artística e intelectual le llevan a equipararla a la altura del resto de posicionamientos. De hecho, en alguna entrevista ha comentado que ella estaría más del lado de la tía, cosa que, de forma muy sutil, podemos entrever con el arranque y con el último plano de la película. Algunos analistas cinematográficos dicen que el primer plano que vemos en una película conlleva un posicionamiento ético, porque representa la forma que tiene el director o la directora de abrir el universo fílmico (y, por lo tanto, tiene un sentido ontológico en la película). En este caso, lo primero que aparece no es la imagen, sino la canción “Quédate” (Bzrp Music Sessions, Vol. 52/66) de Quevedo, lo cual podría interpretarse como que la propia directora les está pidiendo a Ainara que se quede. También, la película no cierra con el plano que todos nos hubiésemos esperado, sino con una mirada de la tía. Lo cual, de alguna manera, nos está dando algún indicio de dónde deposita su última mirada la directora, con quién se identifica ella. Sin embargo, estos detalles son muy sutiles, y no condicionan nada el visionado del resto de la película. De hecho, si en su película anterior, Cinco lobitos, se notaba su posicionamiento en la sobrecarga del drama y los aspectos negativos de la familia, en Los domingos, mediante la contención, y sobre todo mediante el desenlace, consigue abrir todos los puntos de vista que se quieran plantear sobre la película.
Esta búsqueda sincera de la verdad, acompañada de un retrato muy humano y creíble de todos los personajes (incluso del sacerdote y las monjas, que suelen ser los que salen más perjudicados en el cine contemporáneo), depositando a la vez una mirada realista e intimista sobre ellos, hace que cualquier espectador se pueda sentir identificado, porque al final, aunque pensemos distinto, todos empatizamos con las emociones humanas. Esto es lo que hace que dos personas puedan emocionarse y salir satisfechos de la película a pesar de haber llegado a conclusiones opuestas. También es excelente el trabajo de documentación que ha hecho la directora para mostrar temas como el discernimiento o el acompañamiento espiritual. Yo, personalmente, que conozco y he tenido experiencias cercanas, puedo afirmar que no ha habido en la película ninguna actitud ni diálogo del sacerdote o de las monjas que se haya alejado del cómo se hablan y tratan estos temas en la realidad. Además, me ha gustado mucho que muestre también la parte más humana (o no tan espiritual) de las religiosas. Porque las monjas no solo rezan, ¡también pueden hablar de que echan de menos un perfume!
Pero a todo esto también hay que sumarle unas actuaciones excelentes, y una genial dirección de actores por parte de Alauda. Los domingos es una película tanto de diálogos como de silencios. Hay tanta tensión en lo que dicen los personajes como en lo que callan. Y todo aquello que no pueden decir cristaliza en sus miradas, en las expresiones de los labios, en los movimientos de cabeza… Las escenas en las que Ainara reza son de una lucidez brillante, especialmente el clímax (que sin ninguna duda es la mejor escena). Alauda cuenta en una entrevista que para generarle realmente esos sentimientos a Ainara, a veces usaba un pinganillo para hablarle, como si ella fuera la voz de Dios. A esto me refiero cuando digo que la dirección de actores es fabulosa, el cómo consigue una directora sacar lo mejor de sus actores. ¡Porque sorprendentemente es el primer largometraje de Blanca Soroa, la actriz que interpreta a Ainara! Pero también es gracias a esto que se consigue ese maravilloso contraste entre Ainara y su tía Maite, interpretada de forma radiante por la ya experimentada Patricia López Arnáiz. Blanca transpira en su personaje la inocencia y vulnerabilidad de estrenarse en una película, mientras que Patricia refulge la superioridad de la experiencia, que a la vez es lo que le pide el papel de su personaje, el mirar a los demás por encima del hombro.
La puesta en escena también nos recuerda constantemente a esa clausura. De hecho, casi todo sucede en interiores, y apostaría que no hay ninguna imagen de exteriores en la que se vea el cielo. Los decorados del interior de las casas son bastante barrocos, y se hace un buen uso de los encuadres con las puertas. Los movimientos de cámara también son muy delicados y sutiles, como cuando la cámara mimetiza la genuflexión de Ainara. Son dignas de destacar las escenas de botellón de Ainara con sus amigos del colegio, como la escena con la que arranca la película, o el juego que hacen de “yo nunca”. En estas escenas, la cámara refleja ese tira y afloja que se desarrolla en su interior, ese querer y no querer estar allí. Y visualmente me ha parecido espectacular la escena de la discoteca, con el contrapunto sonoro del Ave verum cantado por el coro de fondo. Ni Tarantino se hubiera atrevido a juntar una discoteca con un canto religioso en latín. En general, el uso de la música en Los domingos es excelente. Alauda también tiene el gran acierto de cortar las escenas antes de que se alarguen, y así mantener un buen ritmo narrativo.
Me parecen extraordinarios los diferentes temas que se abordan a lo largo de la película. Uno de ellos es el de la llamada de Dios a la vocación religiosa. Es realmente bello cómo lo explica Ainara, ese sentimiento inexplicable que tiene del amor de Dios y su deseo de responder a ese amor. Porque ciertamente hacerse monja de clausura es casarse con Jesús, y, por lo tanto, requiere estar plenamente enamorada de Él. Pero como la tía está frustrada por su fracaso en el amor, difícilmente puede creer en el amor puro que hay en el corazón de su sobrina. Aunque el último plano ciertamente refleja algo de ese deseo de poder amar. La magnitud de la decisión de hacerse monja es algo que va creciendo a medida que avanza la película, especialmente a base de contraponerla a otras situaciones y a los argumentos del resto de personajes. Las escenas con las amigas del colegio, y con Mikel, el chico del coro, tienen algo que incomoda al espectador, que hacen que resalte el contraste entre las dos formas distintas de vida. Por eso, cuando hace la experiencia de estar unos días en el convento, impacta tanto ese excesivo silencio y austeridad. No se sienten igual los cantos del coro y los de las monjas. Todo esto, acompañado del drama familiar in crescendo, otro de los grandes temas, van haciendo surgir las dudas en Ainara. Porque en el amor pueden surgir dudas. Y la noche siempre es más oscura antes del amanecer. Sin embargo, y a partir de aquí ya no me aguanto más sin hacer spoilers, me ha sorprendido gratamente el contraste que se da al final entre la alegría que siente Ainara tras su decisión y la mezcla de rabia y tristeza con la que se queda la tía Maite. De hecho, esto lo resalta de forma sublime Alauda en un el maravilloso plano-contraplano final de Ainara y su tía, que, aunque estén en sitios distintos, quedan unidos por el montaje. La chica mirando confiada hacia arriba a punto de hacer los votos, la tía mirando con menosprecio hacia abajo desde las escaleras después de cambiar su testamento. Las dos se encierran de forma voluntaria, una en un convento con la felicidad de mirar arriba, la otra en sí misma, poniendo un muro frente a su hermano y su sobrina, con el desprecio de mirar abajo. Realmente, la película tiene finales completamente distintos en función de tus conclusiones durante el visionado. Ambos han pasado por el drama, pero uno termina alegre y gozoso, mientras que el otro se queda triste y amargo. Ambos llevan a las lágrimas, pero lágrimas con sabores distintos.
Es cierto que estoy omitiendo otras posibles lecturas, que parten de las heridas emocionales y familiares que pueda tener Ainara, especialmente por el fallecimiento de su madre, que le pueden llevar a buscar ese amor y refugio en la fe y en un convento. Pero visto desde estas otras ópticas, se deja fuera el tercer gran tema de la película, la libertad de los hijos, y más bien estaríamos frente a un problema psicológico. Pero si realmente creemos en la llamada que siente Ainara, emerge este gran dilema en el que se encuentran muchas familias cuando sus hijos deciden tomar caminos que no consideramos adecuados, o chocan contra nuestra forma de ver las cosas. Si bien el tema de la vocación religiosa será más o menos interesante para según qué tipo de espectador, el de la educación y libertad de los hijos es difícil que no te haga despertar preguntas.
Ya por último, permitidme una pequeña reflexión acerca de la trascendencia. Cuando Alauda era joven, le impactó que una amiga decidiera hacerse monja, según cuenta en una entrevista. ¿Quién diría que varios años más tarde, esta semilla silenciosa que sembró la autenticidad de una joven que respondió a la llamada de Dios, florecería en una bellísima obra de arte, y su maravilloso aroma se esparciría por toda España? Un pequeño acto de fidelidad puede dar un fruto tremendo, a su debido tiempo. A veces, puede parecer que lo que hacemos tiene poco valor, que no tiene sentido ser fiel a lo que creemos. Sin embargo, esa joven como Ainara, de la cual nunca sabremos su nombre, con su silenciosa entrada en un convento, sin decir ni una palabra, ha conseguido que su vida brille en la pantalla frente a miles de personas.
Bueno, no me extiendo más, creo que ha quedado clarísimo lo mucho que me ha gustado esta película. Dudo mucho que este año se estrene otra que le pueda quitar la medalla de oro en el top. Así que os animo a todos a ir a verla, independientemente de vuestra edad o vuestra filosofía de vida. Seguro que salís de esta epifanía cinematográfica entendiendo un poco mejor a los que piensan distinto a vosotros y con ganas de ser mejores personas. Y con ganas de amar, porque en el fondo, toda vocación es cuestión de amor.
Daniel
10/11/2025
