Crítica La Gran Belleza: las raíces de la belleza en la Roma decadente
“Señora, yo me he casado con la pobreza, y la pobreza no se cuenta, se vive”. Con estas demoledoras palabras contesta sor María, una anciana misionera bellamente desgastada por haberlo dado todo en la vida, a las insistentes preguntas y charlatanerías de varios personajes de la alta sociedad romana. Y será este mismo personaje el que, pocos minutos más tarde, en una preciosa estampa de un amanecer en un balcón frente al Coliseo, rodeada de flamencos, nos dé la clave para entender esta película: “¿Sabe por qué solo como raíces? Porque las raíces son importantes”. Pero antes de llegar aquí, empecemos desde el principio.
Hay varias capas de lectura en la mangum opus del director italiano Paolo Sorrentino, obra que a la vez encuentra sus raíces en La dolce vita, de Federico Fellini (director que Sorrentino ha reconocido varias veces que para él supone una gran fuente de inspiración). El argumento básico nos lleva a recorrer el desenfrenado día a día (o mejor dicho, noche a noche) de Jep Gambardella tras su sexagésimo quinto cumpleaños, un escritor que en su juventud escribió un libro que lo petó, y desde entonces no ha vuelto a tocar una pluma, más que para alguna que otra entrevista suelta. Jep le confesará al final a sor María que no ha vuelto a escribir porque buscaba “la gran belleza”, pero no la ha encontrado. Y precisamente de esto trata la película: el viaje de Jep entre los distintos ambientes decadentes y hedonistas de la Roma actual, en busca de esa belleza que le devuelva la inspiración artística.
Pero la película no nos habla solamente de la inspiración, sino que, igual que otras películas de Sorrentino, se puede intuir que nos está hablando sobre alguna ciudad, la capital italiana en este caso. Las raíces son importantes, dice la santa. Y en Roma conviven esas raíces clásicas, esos monumentales edificios y bellísimas esculturas, con las flores marchitadas de la mundanidad, de las fiestas de ricachones y de las vacías y provocadoras performances de “arte contemporáneo”. Esta contraposición está maravillosamente representada en las espectaculares dos primeras secuencias que componen el prólogo, hasta que aparece el título de la película. Estos primeros 10 minutos, junto a los 10 últimos, pueden ser los mejores de toda la película, especialmente por el ritmo y puesta en escena. Además, sirven también como metonimia de todo lo que vendrá luego. Tras el cañonazo de salida, la cámara empieza a flotar de forma bellísima y armónica por distintas esculturas y fuentes, con un angelical coro diegético entonando cantos celestiales, que incluso causan el síndrome de Stendhal en un turista admirado por las vistas de la ciudad. Pero, sin previo aviso (bueno, realmente hay una escultura que un poco antes nos anuncia “Roma o muerte”), esta armonía es destruida por un grito desenfrenado nacido de a saber qué substancias, que nos despierta de este sueño para sumergirnos en la mundanidad de la fiesta de cumpleaños de Jep. Y Sorrentino, tras encadenar magistralmente varios planos rápidos al ritmazo de un remix de Far l’amore de Raffaella Carrà, nos presenta a nuestro protagonista, para acto seguido invertirnos lentamente el plano y hacernos ver que en estos ambientes todo está del revés. Y para rematarlo, al final de la secuencia, la cámara se ralentiza en medio de una danza de apareamiento en el que tenemos a un lado al bloque de hombres y al otro al de mujeres, mientras en medio aparece Jep para autoproclamarse el rey de la mundanidad, pero también para descubrirnos que, aun en medio de estos ambientes superficiales, él es consciente de que está destinado a la sensibilidad.
Sensibilidad que, por cierto, Sorrentino tiene cuando le apetece, porque ciertamente hay escenas bellísimas en la película, aunque muchas aparecen como insertos que luego no conducen a ningún sitio (como cuando Jep mira distintos lugares de la ciudad, o a los niños persiguiendo a una monja, o cuando el dueño de las llaves les conduce por los distintos palacios de esculturas…). El problema es que Sorrentino, en sus arrebatos posmodernos autoconscientes, nos quiere recordar que no nos tenemos que tomar demasiado en serio toda esa belleza, que todo es un truco, y por eso muchas de estas escenas las interrumpe o las convierte en algo anecdótico, sin que aporten ningún peso a la narrativa.
La gran belleza es una gran película, aunque se pega varios tropezones por el camino. Igual que las congas de las fiestas de Jep, se pasa casi una hora sin ir a ninguna parte. Es cierto que el deambular por la decadente Roma nocturna forma parte de esa búsqueda, pero podría haberse condensado bastante más. Porque, con la excepción del prólogo, tendremos que esperar hasta pasada la hora para que la película empiece a ganar en profundidad. Y es precisamente en toda esa pantomima que Jep hace en un funeral que le importaba menos que el manual de instrucciones de un palillo, cuando se le ilumina la cara, y con el contacto del féretro, se deshace en lágrima viva. Porque igual que la inspiración te puede venir en un deslumbramiento de belleza en una noche a la luz de la luna, la máscara que cubre el vacío de tu vida también se puede caer en el momento más inesperado.
Es a partir de aquí que la búsqueda se empieza a encauzar y la película crece de forma considerable hasta la aparición de “la santa”, que ciertamente es el clímax de todo esto. E igual que la pobreza no se puede entender con palabras, sino que se tiene que vivir, la belleza tampoco se puede explicar, sino que se encuentra. Y como decía Oscar Wilde, “la belleza está en los ojos del que mira”. En esta línea creo que va la afirmación de sor María sobre las raíces. Todos hemos tenido algún deslumbramiento de la belleza en nuestras vidas, igual que Roma tuvo su esplendor en la época clásica. De hecho, nuestra vida, nuestra naturaleza humana, también tiene unas raíces más profundas, no es algo que nos hayamos inventado o regalado a nosotros mismos. Y todo eso queda en nosotros, el impacto de la belleza permanece en nuestro interior, todos podemos volver a experimentar esa epifanía. Esto es precisamente lo que descubre Jep al final: el recuerdo de su primer amor que siempre permanecerá en su corazón, que fue el detonante de su primera novela, y podrá serlo de muchas más, no como fuente de nostalgia, sino de inspiración, y que la podemos proyectar hasta en el techo blanco de nuestra habitación. La belleza deja en nosotros una huella imborrable, aunque esta no siempre es agradable. El recuerdo de ese reflejo de lo ideal nos marca con un deseo que parece inalcanzable. Inalcanzable como la cruz al final de las interminables escaleras que sor María escala dejándose la vida en cada peldaño. Pero, con la constancia de la marea, consigue llegar arriba, porque allí está su gran belleza, allí está la gran Belleza. La belleza marca un camino; nosotros decidimos si ahogarnos en las olas de la nostalgia o usarlo como faro de nuestra vida. Dice un personaje en un monólogo, el mismo que volverá a su pueblo tras décadas de desilusión en la grandiosa Roma, que “la nostalgia es lo único que nos queda a los que no tenemos fe en el futuro”. La verdadera belleza nos devuelve esa fe en el futuro.
Ahora bien, estas ideas se pueden sacar de la película, pero están escondidas bajo algunas capas de pesimismo nihilista, como lo expresa la voz en off del final: “Siempre se termina así, con la muerte. Pero antes estuvo la vida, escondida tras el bla, bla, bla, bla... Todo está resguardado bajo la frivolidad y el ruido, el silencio y el sentimiento, la emoción y el miedo… los esquivos e inconstantes destellos de belleza, y luego la tristeza desgraciada, el hombre miserable. Todo sepultado bajo la vergüenza de estar en este mundo. Bla, bla, bla, bla... Más allá está el más allá. Yo no me ocupo del más allá. Así pues, que comience la novela. En el fondo, es solo un truco. Sí, solo es un truco.” Pero si escarbáis y reflexionáis sobre lo que habéis visto, a pesar de que la película tenga un tono y mensaje concreto, podéis llegar a manjares mucho más sabrosos.
Antes de terminar, no puedo cerrar esta crítica sin mencionar el tema del cuerpo, que, junto a la muerte y el paso del tiempo, es otro de los grandes temas que también plantea La gran belleza. Ya de entrada salta a la vista la excesiva presencia de desnudos que se muestran en la película, algunos vulgarmente explícitos. Y también sorprende que precisamente “la gran belleza” para Jep sea el recuerdo del desnudo de su primer amor. Pero creo que, contraponiendo estas dos ideas, podemos deducir que para Jep la belleza iba más allá del cuerpo, que ahí también entraba el momento, el contexto, y, sobre todo, la persona. Porque si fuera una cuestión meramente material, solamente de la corporalidad, podría haber encontrado otra gran belleza en alguno de los múltiples cuerpos que se le presentan a lo largo de la película. Sin embargo, el cuerpo, sin ver el alma que hay detrás, está vacío. Las raíces están más allá. También puede haber en esto parte de crítica a las performances contemporáneas, explicitada de forma evidente en la del cabezazo contra el muro. Estas muchas veces pretenden provocar añadiendo un elemento disruptor a cualquier situación, y hoy en día a veces se hace introduciendo un desnudo. Claro está que el hecho de provocar no le aporta ningún valor a la obra, si esta está vacía. Pero lo que me extraña es que Sorrentino enhebre este tipo de críticas y luego en su misma película caiga en el mismo error. O quizás simplemente sea un truco más del posmodernismo.
Bueno, ahora sí que termino. Ciertamente, La gran belleza es una obra barroca con algunos planteamientos muy interesantes que, si bien se llega a extraviar en su proceso de búsqueda, eso no impide que en su tramo final aparezcan sustanciosas pinceladas de las cuales un espectador atento sabrá sacar provecho. Y el simple hecho de plantear estas preguntas fundamentales acompañadas de momentos de gran lucidez y belleza, ya es todo un logro del séptimo arte.
Daniel
07/02/2026
Versión 1 (18/05/2024): La gran belleza
