HAMNET

El arte como catarsis


Crítica Hamnet: el arte como catarsis

Todos los que hemos escrito poesía alguna vez sabemos que los poemas más sinceros brotan de los sentimientos más fuertes (especialmente del dolor). Y también que en los momentos más difíciles podemos encontrar en el arte esas palabras, esa conexión, esa forma de expresión que nos permite liberar y sanar todo aquello que llevamos por dentro. Precisamente este es el tema que explora Hamnet, la nueva película dirigida por Chloé Zhao y producida por Steven Spielberg, adaptación de la novela homónima, que no es nada más ni nada menos que un acercamiento a la historia de Shakespeare y su esposa (la película se centra especialmente en esta, aunque no exclusivamente como sí lo hace el libro), y el drama en el que se gestó la escritura de Hamlet.

Es cierto que todo el mundo ya está dando a Jessie Buckley, que interpreta magistralmente a Agnes, la mujer de Shakespeare, como la segura ganadora del Óscar. Y razón no les falta, ya que podemos estar perfectamente ante la mejor actuación de su carrera. Pero es que Buckley siempre actúa genial (si no, echadle un vistazo al thriller psicológico I’m thinking of ending things o a la película de terror Men). Sin ninguna duda, es de las cinco mejores actrices del momento. Y aunque es cierto que en Hamnet tiene momentos para llevar sus poderes interpretativos al extremo (como en las inquietantes escenas de los dos partos, donde también se cuela esa dualidad entre la vida y la muerte), a mí me gusta todavía más cuando consigue contener toda esa emoción que lleva por dentro, y esta se filtra en los detalles: las miradas, una mueca en el labio, el arquear ligeramente de más las cejas… El rostro de Buckley es el alma de la película; ella es la que da vida a la historia. Por eso Agnes viste de rojo, porque es pasión, es amor, es fuego (y también porque el rojo es el que está al otro lado del verde en el círculo cromático, y así resalta tanto entre el verde del bosque y la naturaleza). Paul Mescal está bastante bien como Shakespeare (aunque sigue sin volvernos a dar una interpretación a la altura de Aftersun), pero queda un tanto eclipsado por Jessie. Y el niño que hace de Hamnet también da muy buenos resultados.

Pero si hay algo que destaca tanto como las actuaciones, es la puesta en escena. Hay una verdadera preocupación por cuidar la fotografía y la composición, y esto dota de gran belleza a las imágenes. Zhao parece que está intentando buscar un estilo propio y, aunque esto le lleva a probar varios recursos, algunos dan resultados realmente buenos. Por poner un ejemplo, hay un paneo muy lento lateral que ejecuta en un mismo lugar (la habitación de los niños) en dos momentos distintos. En el primero, para encuadrar a los niños dentro del plano, y en el segundo para dejarlos fuera. Y es realmente interesante el impacto que consigue al calcar un mismo movimiento, pero colocando los personajes en lugares distintos. Algunos críticos andan diciendo que Chloé malickea bastante (que imita el estilo de Terrence Malick). No creo que sea así, al menos no en Hamnet, porque hay bastantes planos fijos, o con movimientos muy lentos, que Malick, el feligrés número uno de la cámara libre, ni se plantearía. Es cierto que sí que le da importancia a los árboles, la luz, los animales… pero porque la película así lo pide, especialmente por la presencia de Agnes. También me ha llamado la atención el uso de planos bastante amplios, que incluyen tanto a los personajes como su contexto, y la fuerza de los primeros planos en contraposición con estos. Y por sacar solo una pega, quizás hay un exceso de planos cenitales, lo que le quita el fuerte calado que estos suelen tener cuando se usan en momentos precisos.

Hamnet es una película que funciona por acumulación. Es un río dramático de emociones que te va conduciendo poco a poco hasta la cascada final. De hecho, es precisamente su catártico clímax el que da sentido a toda la obra. La primera mitad, por sí sola, apenas se sostiene a nivel argumental (aunque la sola presencia de Buckley ya hace que la película tire hacia delante). El enamoramiento entre Shakespeare y Agnes me parece demasiado apresurado, y luego se encadenan algunas escenas un tanto anecdóticas hasta que a mitad cae el telón dramático sobre la familia. En este momento es cuando realmente la película coge peso y va creciendo en caudal esta la epifanía final, que convierte la película en algo importante. Conmovedor y demoledor a la vez, preparad los pañuelos.

La banda sonora está muy bien, y me ha parecido brillante cómo la poesía consigue colarse en alguna escena (por ejemplo, en la que vemos a través de un velo negro). También hay momentos en los que la puesta en escena remite a algo teatral, y otros que lo son directamente. Sí que me parece innecesario que el famoso monólogo de Hamlet se repita dos veces en la película (con la segunda bastaría), pero se lo podemos perdonar a Chloé, porque seguramente lo hizo con la intención de mostrar que los mejores diálogos escritos en la obra maestra de Shakespeare brotaron de los momentos más desesperados de este.

Antes de terminar, me gustaría justificar por qué pienso que el clímax de la película es tan bueno, y por qué Hamnet nos habla de mucho más que del poder sanador del arte, de la familia o del duelo. Pero para poder explicar el final, voy a tener que entrar en spoilers, así que avisados estáis. Ya desde el momento en que Shakespeare le cuenta a Agnes el mito de Eurídice y Orfeo, vemos cómo este habla mucho mejor, y transmite mucho más, a través del arte que en una conversación normal (esto parece ser algo recurrente en los artistas, como también muestran, por poner dos ejemplos, Los Fabelman, la película autobiográfica de Spielberg, o la reciente Sentimental Value). Esta incapacidad de Shakespeare se acentúa cuanto más serio y doloroso es aquello que siente y quiere expresar. Por eso huye de forma frecuente a Londres buscando un refugio en sus obras teatrales. Y es en la representación final de Hamlet cuando todo su mundo interior se materializa. No es casualidad que él interprete al fantasma padre del protagonista. Pero lo magistral es que la representación de esta tragedia no es solo una catarsis para él, sino colectiva. Más aún, también para las posteriores generaciones. En la tragedia griega, la catarsis se entendía como el proceso de purificación emocional, espiritual y moral que experimentaba el espectador al presenciar el infortunio de los personajes, liberándose así de sus pasiones y tristezas. Y aunque vemos que mientras actúa en la obra, Shakespeare no es capaz de girarse ante la llamada de Agnes (como sí sucedía en el mito de Eurídice, o en la boda al principio de la película), una vez fuera de escena, se asoma para poder presenciar en la obra la muerte de su hijo que no pudo ver en la realidad. Esto le hace poder dejarlo ir en paz, y también liberar sus sentimientos, los mismos que hacen que Agnes sea capaz de tocar y sentir a su hijo a través del actor, y que después de las lágrimas pueda liberar esa sonrisa que tenía reprimida. Y junto a Agnes, decenas de personas estiran los brazos al conectar el dolor de la tragedia con las emociones que llevan por dentro. Y así va floreciendo ese bellísimo plano cenital (ver en la imagen de abajo) que, del tronco de Hamlet, van conectándose todas esas ramas de personas que a través de las raíces del arte han conseguido llegar a ese manantial catártico, y al conectar con el dolor de una persona concreta, se ha dado en ellos esa epifanía de poder entender y comprender su propio dolor y el de los demás. Ese árbol de personas que floreció en esa primera representación, ese árbol de personas que sigue floreciendo en cada nuevo lector o espectador de Hamlet, ese árbol de personas al que nos unimos todos los que hemos experimentado esta sublime conmoción que nos ha regalado el final de la película. Este es el poder del arte, y la razón por la que podemos afirmar que una buena obra sana nuestras heridas y mejora nuestras vidas.


Daniel
09/02/2026


Plano cenital final de Hamnet