EDDINGTON

La destrucción del humanismo


Crítica Eddington: La destrucción del humanismo

Voy a ser sincero: no tenía ganas de hablar de Eddington de Ari Aster. De hecho, después de ver la película, no tenía ganas de nada. Pero me parece que es necesario intentar compensar todo el pesimismo nihilista que nos vomita la película con algunas líneas que aporten algo de luz tanto a la cinta como al panorama que plantea.

A pesar de que prácticamente toda la crítica ha cargado brutalmente contra Eddington y contra Aster, me parece que, siendo objetivo, lo único con lo que estoy totalmente en contra es con el mensaje que deja y su visión del mundo. El resto es totalmente coherente con su forma de ver la realidad. Pero antes de entrar en la película, veamos primero la trayectoria que ha seguido Ari Aster hasta ahora para entender mejor cómo ha llegado hasta este punto (podéis leer en esta web también las críticas de sus tres películas anteriores). El primer largometraje de Aster, Hereditary, la que para mí sigue siendo su mejor película, es de las mejores películas de terror de este siglo. Combinaba un lenguaje visual y una fotografía bellísima e innovadora con un guion muy sólido, que desde el drama familiar desembocaba en el terror psicológico, y con un añadido alegórico en forma de terror sobrenatural. Aunque ya se notaba parte de ese nihilismo que posteriormente se acentuaría, porque la trama cambiaba radicalmente a partir de un suceso trágico que empezaba a destruir el núcleo más fuerte de toda sociedad humana: la familia. Midsommar, su segunda película, que también es muy buena, nos sumergía desde el terror diurno en ese intento de lidiar con el duelo y superar las dificultades, buscando una comunidad que te comprenda (una secta en este caso). Pero si nos fijamos bien, aquí la tragedia ya no venía de algo externo, sino que surgía de la propia comunidad, de los propios seres humanos, que ya hacían uso de esa violencia buscando un sentido a aquello que les trascendía. Aun así, Midsommar sigue manteniendo todavía algo de esperanza, aunque sea solo en la belleza de los planos, la forma poética y el revestimiento alegórico de la tragedia y el dolor. Pero el problema llega con Beau tiene miedo. Esta, a pesar de que tiene un inicio muy bueno, naufraga en el momento en el que Aster empieza a navegar en su narcisismo. Es cierto que esta película no deja de ser una autoexploración de sus traumas y problemas (esto al escribir la crítica en su día no lo vi tan claro, pero tras ver sus cortometrajes anteriores a Hereditary, me parece que la teoría más acertada es pensar que las heridas personales que tiene Aster, ya sean familiares, afectivas, relacionales... toman carne en sus películas y aparecen de forma recurrente). Si bien la radicalidad en la forma y el desborde de ideas locas aún podrían salvar a Beau tiene miedo, tanto mirarse el ombligo lo que consiguió es que Aster se empezara a creer que su visión del mundo es la verdadera, y pasando de una obra solipsista de su mundo interior, nos condena ahora con Eddington, un retrato desquiciado de cómo él ve la realidad exterior.

Eddington es la negación total del humanismo, la aniquilación de cualquier tipo de esperanza. Es mirar la realidad con unas gafas que filtran cualquier rayo de bondad e hiperbolizan los peores aspectos de la actualidad americana. Es un repartir bandazos a cualquier partido político o movimiento social que pretenda plantear una ética o solucionar la pandemia de egoísmo y violencia en la que vivimos. Pero no solo eso, también es una negación del cine clásico americano, una negación del wéstern y del mito (a pesar de que inicia con un planteamiento mítico, la llegada al poblado de algo, el COVID, que pone todo patas arriba). Se podría decir que Eddington es el anti-hombre que mató a Liberty Balance. Si en la película de John Ford veíamos como la ley y el orden se unían (a pesar de sus diferencias y rivalidades) para enfrentarse al mal y conseguir una sociedad más justa, en Eddington pasa todo lo contrario: tenemos a un Sheriff y a un Alcalde enfrentados hasta el punto de llegar a la violencia, la política en contra del orden público y la seguridad. Y todo esto ambientado en una sociedad que solo busca acusar y culpar a otros, y si a esto le añades una siembra a los cuatro vientos a través de las redes sociales, ya tienes el cóctel perfecto para un desenlace desgarrado y violento.

No sé si Aster está sangrando su desesperanza con la herida abierta de esta película o nos está escupiendo a la cara con sarcasmo. Pero la verdad es que si pretendía tener algo de humor en su cinta, a mí no me ha hecho ninguna gracia. Por ejemplo, Yorgos Lanthimos también comparte esta visión de que vivimos en una sociedad sin salvación que se dirige hacia la barbarie, pero al menos en sus películas el humor es mucho más exhaustivo, y mediante el absurdo, por muy negro que sea, alguna sonrisa te saca. Aun así, tampoco creo que haya un adoctrinamiento en Eddington. Porque la película te saca por completo, no te permite empatizar ni con nada ni con nadie. Es un retrato demente de una sociedad donde nada conduce a una solución ni es posible levantar algo con sentido. No hay ética, y, por lo tanto, la política está totalmente desvirtuada. Por eso el problema no está en la narración de la película, sino en la mirada que deposita su director sobre el mundo.

Pero esta pérdida de la fe en la humanidad, alcanza hasta la forma de la película. Creo que hay una negación voluntaria de toda poética, de todo lenguaje visual que pueda resultar atractivo, un esfuerzo por robarle la belleza a las imágenes. Y esto, pese a que es totalmente coherente con la visión del director, es probablemente el acto más violento de todos. Supone juzgar los hechos que muestra sin ningún tipo de esperanza ni sentimiento. No permite sentir lástima, ni dolor, ni que broten iniciativas ni optimismo. Es una mirada de desprecio sobre los problemas, es la pérdida de la fe en la humanidad encarnada en forma de película. Por suerte para nosotros, nuestros ojos pueden estar más limpios que la cámara de Aster. Y si nos fijamos bien, veremos que en nuestro mundo todavía existen pequeños faros de esperanza, que nos pueden orientar y guiar en este mar de pesimismo que está envenenando las obras de tantos artistas. Ojalá hubiera más directores, como Spielberg o Nolan, que apostaran por un cine humanista. O, al menos, que ofrezcan posibilidad de salvación a pesar del mal presente en este mundo. Sin irnos más lejos, Sirat, la que por ahora sigue siendo la mejor película que he visto en cines este año (aunque tengo que admitir que no he llegado a ver muchas), a pesar de la tragedia que nos cuenta, hace de la película una experiencia sensorial con una carga simbólica y trascendente que consigue transfigurar todo ese dolor y drama hasta el punto de cambiar al espectador para bien. Quizás también esa falta de trascendencia es lo que provoca en Aster una visión tan cruda. A ver si algún día le da por explorar un poco el tema de la religión (más allá de las sectas y los cultos fanáticos) y descubre que en este mundo siempre ha habido y habrá un mensaje de esperanza que, a pesar de las tragedias y desgracias, siempre permanece firme.

En resumen, Eddington es la culminación de la visión nihilista de Aster, donde tras negar toda belleza y esperanza, presenta un retrato desolador de la sociedad americana sin ofrecer ningún resquicio de redención o empatía. A ver si, tras tocar fondo, se abre al humanismo y la trascendencia, para que su cine pueda llegar a ser ese espacio de reflexión que saben crear los verdaderos artistas para mantener viva la fe en la humanidad…


Daniel
25/09/2025