Análisis Silencio: el viacrucis del alma
¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has desamparado? ¿Por qué estás tan lejos de mi salvación y de las palabras de mi clamor? Dios mío, clamo de día y no respondes; clamo de noche y no hay sosiego para mí. – Salmo 22, 1-2
Elí, Elí, ¿lama sabactani? [Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?] – Mateo 27, 46
Hay pocas películas que tienen la valentía de afrontar los temas fundamentales de nuestra existencia, desde una postura sincera y realista, con toda su complejidad y su crudeza. Y todavía son menos las que se abren a la trascendencia y consiguen enfrentarnos a dilemas como la fe ante el silencio de Dios, el dolor y la barbarie. Silencio de Scorsese es una de ellas. Película inquietante, que conmueve y remueve a partes iguales, independientemente de tus creencias. Mejor incluso que Los comulgantes de Ingmar Bergman. Película que, como las grandes obras de arte, plantea más preguntas que respuestas. Silencio fue también la película que Martin Scorsese regaló al papa Francisco por su cumpleaños. Y por si esto todavía no os parece suficiente, dejadme añadir algo más: Silencio es de las 5 mejores películas que se han estrenado en este siglo. Y si no os lo creéis, id a verla. Y después leed este análisis hasta el final. Ya veréis el cambio que supone en vuestra vida el enfrentaros a una película de tal magnitud.
El maestro ScorseseAntes de zambullirnos de lleno en la película, creo que vale la pena dedicarle unas líneas a entender al artista que hay detrás: Martin Scorsese. Nacido en Nueva York en 1942, ya desde niño empezó a acusar problemas de asma. Como esta enfermedad le dificultaba el hacer deporte, su padre le llevaba mucho al cine, y de ahí nació su cinefilia. Su vivencia newyorkina le marcó hasta el punto de que al menos la mitad de sus 26 películas hasta la fecha están ambientadas allí. De pequeño le impactó profundamente la violencia que veía en su barrio, donde, como ha comentado en varias ocasiones, “solo se respetaba a los gangsters y a los curas”. Y como él no tenía carne de mafioso, y admiraba considerablemente a un sacerdote del cual aprendió muchas cosas, de joven ingresó en un seminario dispuesto a ser misionero. Sin embargo, al cabo de un tiempo, descubrió que esa no era su vocación, sino hacer películas.
Scorsese pertenece a la primera generación norteamericana que estudió cine, el llamado “Nuevo Hollywood”, y fue un gran amigo de otros de sus grandes contemporáneos como Steven Spielberg, George Lucas, Francis Ford Coppola y Brian De Palma. Aunque su verdadero padrino en el mundo del cine fue John Cassavetes, del cual aprendió que las películas tienen que ser muy personales y el estilo visceral y directo. El cine de la Nouvelle Vague también tuvo un gran impacto en las ideas del montaje en Scorsese (aceleraciones, ralentí, congelados, planos secuencia, voz en off, cortes rápidos…). La mezcla de ambos cristaliza en lo que Alejandro G. Calvo bautiza como “el hiperrealismo barroco de Scorsese”. Hiperrealismo por buscar hacer creíbles sus películas, por crudas, bestias y violentas que sean, pero a la vez con una puesta en escena tremendamente barroca y artificiosa, milimétricamente pensada y adecuada de la mejor manera posible al argumento que quiere trasladar a la pantalla. Es por eso que cada una de las películas de Scorsese tiene una puesta en escena distinta, o incluso diferentes escenas dentro de una misma película, como en cada una de las peleas de Toro salvaje o las distintas comidas que suceden en La edad de la inocencia.
La violencia en las calles, la culpa y redención católica, y la ambición por el éxito son temas recurrentes en el cine de Scorsese, junto con la presencia newyorkina y el estilo de vida italoamericano (sus padres fueron inmigrantes sicilianos). La violencia descarnada y física (aunque también en su vertiente psicológica) tiene un gran peso en su cine, pero siempre con pleno sentido dramático. Y lo importante no son tanto las acciones como las consecuencias que acarrean en los personajes. Personajes que acostumbran a ser moralmente ambiguos, alineados y atrapados en espirales de ambición, culpa o autodestrucción. No hay héroes, sino personas complejas y heridas, que buscan la expiación de la culpa, aunque a menudo por caminos erróneos y violentos. Pero Scorsese no los juzga, se limita a hacernos comprender su psicología y su historia, y mostrar cómo la propia vida les da su merecido. Por último, si hubiera que señalar tres rasgos estilísticos que caracterizan su cine, estos serían el uso de largos planos secuencia que consiguen congeniar de forma tremendamente expresiva información y narración (magistral el ejemplo de Uno de los nuestros), los movimientos de cámara que reflejan el estado mental de los personajes (como la escena del vaso o la del pasillo en Taxi Driver), y la voz en off subjetiva con montaje dinámico.
La calma tras la tormentaSi revisamos la filmografía de Scorsese, es sorprendente su forma de reinventarse en cada película, y cómo su escalada en años, lejos de frenarle, supone un carril de aceleración hasta que, con 71 años de edad, estrena en 2013 la frenética y desenfrenada El lobo de Wall Street. Sin embargo, tras este pepinazo, su estilo da un volantazo completo para acabar en el otro extremo de la balanza. Después de todo el ruido, solo queda el silencio. Estrenada en 2016, Silencio es seguramente la película más pausada y reposada de Scorsese, la más introspectiva, y también la más trascendental. Las películas que vendrían luego, El irlandés en 2019 y Los asesinos de la luna en 2023, si bien pueden recurrir a algún montaje acelerado cuando la película lo requiere, siguen la misma línea y se toman todo el tiempo del mundo en explicar con calma y sosiego la historia que nos quiere presentar. El proceso de creación de Silencio nos devolvió a un Scorsese transfigurado, alguien que ha encontrado una nueva esencia en su cine, y que quiere encaminar su obra hacia la búsqueda de un nuevo sentido.
Scorsese cuenta que en su mente ya tenía la idea desde hace años de hacer una película sobre un sacerdote, que se enfocara en el proceso de llegar a su verdadera vocación a través de la superación del propio ego y orgullo espiritual. Y esta idea cogió forma con la película que hoy venimos a analizar, la adaptación de la novela Silencio (Chinmoku, su título original) publicada en 1966 por el japonés Shūsaku Endō.
La película abre con un plano en negro, y antes de que veamos nada, oímos. Empezamos escuchando aquello que se oye cuando todas las demás voces callan: el sonido de los grillos (y otros insectos). Este se va incrementando hasta que de repente se corta en seco, a la vez que aparece el título: Silencio. De hecho, la película cierra de forma simétrica, con el mismo plano en negro y los insectos estridulando, hasta que llega la dedicatoria final: “Para los cristianos japoneses y sus pastores. Ad majorem Dei gloriam”. Durante los créditos seguiremos escuchando a los insectos, a la vez que van entrando también los ecos de las olas del mar.
Ya podéis ver que lo primero que salta a la vista, o mejor dicho, al oído, es la ausencia total de música y banda sonora a lo largo y a lo ancho de la película. Y es precisamente esta ausencia la que nos permite escuchar el elemento estético fundamental de la película: el silencio. Ese silencio que no es vacío, sino que nos permite percibir mejor otros sonidos que la música habitualmente suele enmascarar: la naturaleza, el mar, la respiración… Al callar el exterior, la película nos acerca hacia el interior de los personajes.
Es importante resaltar que la ausencia de banda sonora no implica que no haya detrás un buen trabajo de sonido. De hecho, creo que los sonidos ambientales, aunque se presentan vestidos de realismo, tienen también una función poético-expresiva. Por poner dos ejemplos, me parece muy acertado cómo se impone el sonido de las olas del mar en la despedida de los dos misioneros (presagio a la vez del final de uno de ellos), o cómo entra el tenue canto de un grillo cuando el padre Rodrigues le da su colgante con la cruz a uno de los japoneses cristianos del principio.
Bueno, ha llegado el momento de adentrarnos de lleno en el argumento de la película, así que preparaos, que se vienen curvas. Me voy a permitir hablar a partir de ahora con todo el lujo de detalles (de lo contrario esto no sería un análisis), así que, si no la habéis visto, avisados estáis.
La película nos propone recorrer un viacrucis tanto físico como psicológico y espiritual, de la mano del padre Rodrigues, hasta su final crucifixión moral en la viva imagen de Jesucristo. Pero, ¿para qué tanto sufrimiento? Pues precisamente para hablarnos de qué es la fe, y más concretamente, de cómo conservarla ante la barbarie y ante el aparente silencio de Dios. La película tiene algo de La pasión de Juana de Arco (1928, Carl Theodor Dreyer), ya que los japoneses siguen esa misma dinámica de coger a un personaje y hacerle de todo para que mienta y reniegue de su fe. Pero la principal diferencia es que los japoneses, 200 años más tarde, ya han aprendido la lección de que «la sangre de los mártires es la semilla de la Iglesia», y por eso, más que acabar con todos los cristianos, pretenden hacer apostatar a los pastores para dispersar a sus rebaños.
La película, tras mostrarnos como prólogo la desesperación de un sacerdote misionero que no puede hacer nada para evitar el martirio de unos japoneses cristianos, arranca en torno al año 1640, en el momento en el que dos sacerdotes jesuitas portugueses, el padre Rodrigues (Andrew Garfield) y el padre Garupe (Adam Driver), reciben la noticia de que su mentor, el padre Ferreira (Liam Neeson, al que hemos visto en la primera escena), ha apostatado. Sin embargo, estos, incapaces de creer la mala nueva, deciden embarcarse hacia Japón para ir a buscarlo. A partir de aquí, el guion toma la genial decisión de dejar al padre Ferreira en el umbral del misterio, y no mostrar su personaje hasta prácticamente el final de la película. Es así como el macguffin del mentor se queda en segundo plano, y la historia se centra en cómo los dos misioneros tratan de acompañar la fe del pueblo japonés en lo escondido, hasta que se ven obligados a separarse y ulteriormente son capturados y sometidos a presenciar toda clase de torturas sobre los pobres cristianos del país.
Sin embargo, lo verdaderamente interesante de esta historia, más que los hechos en sí –que no dejan de ser una escalada en sufrimiento hacia el calvario– es la reacción y evolución del padre Rodrigues ante ellos, y cómo va cambiando su oración y su fe. Vemos cómo inicialmente viene dispuesto a dar la vida por la fe, al igual que los japoneses conversos, que «piden que los torturen para poder demostrar la fuerza de su fe y la presencia de Dios en su interior». Muchos de los creyentes japoneses que allí encuentran tienen una fe muy fuerte, y tienen a Dios muy presente, lo cual queda de manifiesto, por ejemplo, cuando se ponen a rezar antes de comer mientras que los misioneros jesuitas se abalanzan hambrientos sobre la comida. Aunque esta fe también está muy movida por la promesa de un paraíso sin sufrimiento, y con el riesgo de «valorar más los símbolos de la fe que la fe en sí misma».
No obstante, en cuanto el padre Rodrigues presencia las primeras torturas (las crucifixiones en la orilla del mar), empieza a cuestionarse el sentido del sufrimiento: «¿Por qué tienen que sufrir tanto? ¿Por qué Dios les ha impuesto semejante carga?». Y en la última carta que le envía al padre Valignano (el sacerdote jesuita que en Portugal les da el permiso para ir a Japón), justo antes de separarse de Garupe, escribe: «… dirá usted que sus muertes no carecen de sentido. Seguro que Dios escuchó sus oraciones mientras morían. Pero, ¿escuchó también sus gritos? ¿Cómo puedo explicar Su silencio a estas personas que tanto han sufrido? Necesito toda mi fuerza para entenderlo yo mismo».
Tras la partida en solitario del padre Rodrigues a la isla de Gotō, empieza a experimentar de forma más fuerte la soledad y el silencio de Dios: «Siento una gran tentación de caer en la desesperación. El peso de tu silencio es terrible. Rezo, pero estoy perdido. ¿O es que solo estoy rezando a la nada? A la nada. Porque tú no estás ahí». Y también empieza a plantearse la posibilidad de que él sea la causa del sufrimiento de los japoneses: «Solo soy un extranjero que ha traído la desgracia». De hecho, esta es la principal baza que jugará el Inquisidor, mostrándole que la única forma de terminar con las torturas y martirios es que él apostate. Sin embargo, aunque no consigue escuchar la voz de Dios, sigue viendo la imagen de su Hijo, ese rostro al cual cada vez se asemeja más: «Veo la vida de tu hijo con tanta claridad, casi como si fuera la mía. Y su rostro me quita todo el miedo».
Tras la detención del padre Rodrigues, empezamos a presenciar los claroscuros de su alma. Cuando se trata de defender la fe con las palabras, lo vemos fuerte y decidido, como en la conversación frente al Inquisidor y sus secuaces, o en el interesantísimo diálogo que tiene con este, en el que usan la metáfora del matrimonio y la historia de las concubinas para hablar sobre la fe en Japón. «Si el Evangelio se ha desviado de su camino aquí, no es culpa de la Iglesia. La culpa es de aquellos que alejan a los fieles de su fe». Sin embargo, ante el sufrimiento, su mundo se tambalea, como en la impactante escena de la muerte de Garupe (que, sin la necesidad de ser visual, es desgarradora por su impacto dramático), donde este se ahoga en el mar mientras que Rodrigues se ahoga en un mar de lágrimas y dudas, llegando incluso a afirmar esa misma noche que «Él (Dios) no va a responder».
El colofón aparece a las dos horas de película con la llegada del padre Ferreira, ante el cual lo primero que le suplica el padre Rodrigues es que rompa este silencio que le tortura: «Por favor, di algo». Pero las palabras que le suceden son peores que el silencio; «Es peor que cualquier tortura retorcer el alma de un hombre de esta manera»:
- – Nuestra religión no echa raíces en este país – Ferreira
- – Porque las raíces han sido arrancadas – Rodrigues
- – No, porque este país es un pantano. Nada crece aquí – Ferreira
- […]
- – Los vi morir. No murieron en vano – Rodrigues
- – No. Están muriendo por ti, Rodrigues – Ferreira
A partir de aquí, la noche oscura del alma del padre Rodrigues se sume en la desesperación más absoluta. En este Getsemaní, también exclama «Mi alma está triste hasta la muerte». Pero el silencio se vuelve insoportable: «Moriría por ti, si supiera… ¿Estás aquí conmigo?». Y las frases de Ferreira caen como una losa que va sepultando su fe. «¿Tienes derecho a hacerles sufrir?». «Reza, pero reza con los ojos abiertos». «Puedes perdonarlos. Ellos claman pidiendo ayuda igual que tú clamas a Dios. Él guarda silencio, pero tú no tienes por qué hacerlo. […] Si Cristo estuviera aquí, habría actuado. […] Ahora vas a llevar a cabo el acto de amor más doloroso que jamás se haya realizado». Y entonces, en el momento más oscuro de la noche, Dios rompe el silencio: «Vamos, adelante. No pasa nada. Písame. Entiendo tu dolor. Nací en este mundo para compartir el dolor de los hombres. Llevé esta cruz por tu dolor. Tu vida está ahora conmigo. Písame». Y entonces el padre Rodrigues pisa su orgullo y cae rendido y deshecho en lágrimas. “Polvo eres y en polvo te convertirás”.
Solo Dios puede juzgar nuestro corazónDespués de la apostasía, el padre Rodrigues sigue su vida hasta el final de sus días al servicio del Inquisidor, y negando toda manifestación pública de su fe en Dios. Sin embargo, la película nos abre la posibilidad de que tanto él como el padre Ferreira hayan querido conservar un tenue rayo de la luz de la fe en las grietas más profundas de su corazón. A Ferreira se le escapa en una ocasión la frase «solo nuestro Señor puede juzgar nuestro corazón», aunque cuando Rodrigues le espeta «has dicho “nuestro Señor”», Ferreira rectifica respondiendo «lo dudo». En el caso de Rodrigues, cuando Kichijiro le pide por última vez la confesión, vemos cómo Rodrigues sigue rezando en su corazón:
- – Señor, luché contra tu silencio – Rodrigues
- – Sufrí a tu lado. Nunca me quedé callado – Jesús
- – Lo sé. Pero incluso si Dios hubiera guardado silencio toda mi vida, hasta el día de hoy, todo lo que hago, todo lo que he hecho… habla de Él. Fue en el silencio donde escuché tu voz – Rodrigues
Aun así, nunca tendremos la certeza absoluta de si Rodrigues seguía guardando a Dios en su corazón, ya que el mercader holandés que nos narra la historia desde el momento que nuestro protagonista abandona públicamente su fe, clausura el relato diciendo que «el hombre que una vez fue Rodrigues acabó tal y como ellos querían. Y tal y como lo vi por primera vez, perdido para Dios. Pero en cuanto a eso, en verdad, solo Dios puede responder». Puede que Rodrigues en el fondo conservara su fe; intuimos que de manera oculta seguía rezando. Puede que incluso su esposa japonesa también la compartiera con él. Porque, de hecho, ella es la única que accede al final a su tumba, y por lo tanto, la única que pudo dejar esa cruz en sus manos al final. Pero solo Dios conoce el corazón de cada uno, y solo Dios conoce el mensaje final que decide abrazar nuestro corazón.
El mensajeAnte una obra de arte de tal calibre, es difícil afirmar con exactitud cuál es el mensaje principal que transmite, porque la disposición, la sensibilidad, la forma de pensar y las creencias de cada espectador pueden llevar a experiencias y conclusiones distintas. De hecho, esto es lo fascinante de una obra abierta. Otro error que se puede cometer a veces es pensar que el director cree y afirma todo lo que dicen o hacen los personajes de la película. Puede ser que haya hechos que sucedan porque lo pide la propia historia, o incluso por el hecho de ser una adaptación, pero para hablar del mensaje hay que depositar una mirada integral sobre la obra, que comprenda también la puesta en escena (que es, de hecho, donde está la dimensión moral de la película). En este sentido, el último movimiento de cámara que atraviesa el fuego y nos deja en manos del padre Rodrigues, muestra esa apertura a la trascendencia que está presente en todo el largometraje. La cámara se adentra en lo más íntimo para mostrar que en su interior la fe sigue ardiendo. Es realmente significativo que Scorsese deposite su última mirada sobre la cruz, y puede que sea ahí donde cristalice un silencioso mensaje lleno de fe.
Aun así, aunque la película esté abierta al misterio de la trascendencia, esto no significa que su visión de la fe concuerde con las creencias cristianas. De hecho, si bien no creo que sea el mensaje principal de la película, la idea de que Rodrigues encuentra la fe cuando deja las manifestaciones públicas de su fe también ronda por ahí, como han apuntado otros análisis. “Rodrigues deja su fe para encontrar la fe”, dijo Scorsese en una entrevista. También hay gente que afirma que la película enfrenta la idea de la verdad con la bondad como si fueran conceptos antagónicos. Todo esto no está lejos de la espiritualidad que está resurgiendo en la actualidad, donde las autoridades, igual que los japoneses de la época, exigen una fe individual, privada, que no haga ruido ni moleste, que cada uno se aplique a su propia vida, pero sin interferir en la de los demás. Los japoneses no pretendían acabar con todos los cristianos, sino solamente con los sacerdotes, para acabar así con las manifestaciones públicas y evitar que el pueblo les obedezca y les siga. Hoy en día estamos viviendo un boom de la espiritualidad, pero como dice la última canción de La Oreja de Van Gogh, “yo creo en Dios a mi manera”. O lo que viene a ser lo mismo, que cada uno se cree su propio Dios, su propia verdad, y haga su propio viaje interior, pero sin cuestionarse lo que hacen los demás, y sin que esto tenga implicaciones en la vida social. Es decir, espiritualidad, pero sin abrazar la fe, sin religión.
Aun así, tanto si el mensaje es uno como si es otro, creo que la película ejemplifica magistralmente el sufrimiento que conllevan las dudas de fe y el silencio de Dios, y cómo el sufrimiento infligido por la crueldad de las autoridades puede hacer sucumbir hasta la fe más férrea. Así que, el que estemos más o menos de acuerdo con el mensaje, o más bien con algunas ideas de la película, ¿qué le resta a la obra? Silencio es una obra maestra y lo seguirá siendo más allá de nuestras opiniones.
AtmósferasOtro de los elementos sobresalientes de Silencio es su construcción de atmósferas tanto exteriores como interiores. Exteriores conseguidas con una fotografía y ambientación pluscuamperfectas, donde la cámara panorámica abraza unos bellísimos y amenazantes paisajes llenos de agua, lluvia y vapor, luces y sombras… Pero también es demoledor el paisaje interior del padre Rodrigues, que al igual que el exterior está plagado de claroscuros, y se construye a base de cartas, oraciones, monólogos internos…, que recuerdan a Terrence Malick en sus mejores momentos. Y hablando de Malick, Scorsese echa mano de la imagen del choque entre agua y fuego, que Terrence utiliza en El árbol de la vida cuando muestra las olas del mar chocando con la lava de un volcán (metáfora del choque entre dos grandes fuerzas). En Silencio no hay un simbolismo claro que los asocie con las ideas del bien y del mal, ya que el agua y el fuego están presentes en varios momentos de la película (y a la vez ambos son utilizados como elementos de tortura). Pero este choque se muestra de forma sublime cuando incineran el cuerpo torturado lleno de agua, y este se transforma en vapor que asciende con su alma hacia el cielo.
Otra metáfora excelente es también la imagen de la luna cubriéndose de sombras, que aparece justo después de que el padre Rodrigues presencie la muerte del padre Garupe.
Pero si hay un elemento, aparte del silencio, que destaca por encima de todo el resto, ese es la puesta en escena. Scorsese deposita una mirada sublime sobre las imágenes de la película. Y de esta manera, convierte la imagen en el otro eje estético principal, que atrapa la mirada del espectador desde el minuto cero hasta el cierre de la película. Silencio realmente daría para hacer una clase de composición. Pero para no extenderme demasiado, centrémonos en lo que creo que es más interesante, que es el uso de algunos recursos del lenguaje cinematográfico en los momentos clave de la película.
- Plano cenital: el plano cenital normalmente se asocia con la mirada divina, lo cual es de vital importancia en una película como Silencio. Si no me he olvidado ninguno, la película lo usa en las siguientes ocasiones:
- Cuando se toma la decisión de que los misioneros van a ir a Japón, en unas escaleras en descenso (¿a los infiernos?).
- Plano-contraplano cenital y nadir entre el padre Rodrigues y la imagen de Cristo, respectivamente, justo antes de partir para Japón (aquí es directamente explícita esa mirada divina).
- En el barco que viaja hacia Japón, con esas nubes que poco a poco lo van cubriendo (como las nubes de la duda, que pronto cubrirán el alma del padre Rodrigues).
- Cuando el padre Rodrigues ve en su reflejo en el agua la imagen de Cristo, justo antes de ser entregado.
- Cuando el padre Rodrigues llora desconsolado en el suelo de su celda tras la muerte del padre Garupe.
- En muchas de las escenas en las que se pide a un personaje apostatar, cuando vemos desde su punto de vista la imagen que le piden pisotear.
- Proporción aurea: no me he puesto a analizar cuántos de los planos de la película siguen la proporción áurea, pero si hay uno que es realmente bello y significativo, ese es el de la cueva, con las tres cruces en el foco. Esta tortura, de hecho, será el primer punto de giro importante del guion, ya que es el detonante que provoca la separación de ambos misioneros.
- Simetría dinámica: si hay un momento que es dramáticamente clave e impacta profundamente en el alma del padre Rodrigues, esa es la muerte del padre Garupe. Por eso me ha parecido tremendamente interesante que justo en la escena en la que Rodrigues presencia los últimos momentos de vida de Garupe, Scorsese aplique sobre el padre Rodrigues una composición con simetría dinámica, cuya tensión en las diagonales genera mucho más dinamismo y desequilibrio emocional que la clásica regla de los tercios.
- Plano simétrico: en el caso del plano simétrico, al menos en Silencio, no he visto ningún patrón que permita afirmar que se utilizan en algunos momentos determinados o con una intención semántica concreta, pero lo que sí que puedo asegurar es que embellecen muchísimo la imagen. Os dejo aquí algunos ejemplos:
- La apostasía: toda la maestría audiovisual de Scorsese converge en el clímax dramático de la película, en el momento de la primera apostasía del padre Rodrigues. En ese preciso instante, el sonido desaparece por completo, y la densa atmósfera del silencio lo cubre todo. La imagen se ralentiza ante la caída tanto física como moral del padre Rodrigues. Y aunque todos hubiésemos esperado un culminante plano cenital que rematara la escena con una juzgante mirada divina, Scorsese nos muestra esta caída con un plano lateral. Dios no juzga a Rodrigues; está sufriendo a su lado, en la tierra, junto a él. Como le dirá más adelante: «Sufrí a tu lado. Nunca me quedé callado». Tras esto, un cerradísimo primerísimo primer plano de la cara de Ferreira avanza en dirección contraria inundando la pantalla. Sencillamente sublime.
*Nota: en el caso de los formatos panorámicos, hay diferentes formas de dibujar las líneas de simetría dinámica, en función de si se quieren preservar los ángulos de 90 grados o no. No obstante, lo importante es fijarse en como el peso de la composción recae sobre las diagonales.
Prácticamente todas las actuaciones en Silencio son excelentes. Puede ser perfectamente la mejor actuación de Andrew Garfield hasta la fecha (que interpreta magistralmente al padre Rodrigues). Garfield encarna todo ese sufrimiento espiritual, ese descenso hacia las alcantarillas del alma, donde los silencios retumban mucho más que las palabras. Y también esa transformación física, hasta encarnar la viva imagen de un Alter Christus (no solo de forma metafórica en el reflejo en el agua, sino también en su cuerpo cada vez más delgado, en su barba, su melena…, que cada vez nos recuerdan más a cómo la iconografía popular muchas veces ha representado la imagen de Cristo). Andrew Garfield, de hecho, para prepararse para representar el papel de sacerdote jesuita, llegó incluso a realizar unos ejercicios espirituales ignacianos completos y recibir la dirección espiritual del padre James Martin.
La actuación de Adam Driver (padre Garupe) también es perfecta, como siempre. ¿Cuándo ha estado mal este actor? Por último, sorprende positivamente Liam Neeson, interpretando al padre Ferreira que, a pesar de sus pocos minutos en pantalla, consigue transmitir toda esa contradicción interior que siente, a base de mantener la mirada perdida, contener y reprimir las emociones…
“Where is the place of a weak man in a world like this?” - Kichijiro
Si hay un personaje realmente interesante en la película, ese es Kichijiro. Un hombre débil y con miedo, que ante las dificultades no dudará en renegar de su fe públicamente, pero que en el fondo siempre seguirá creyendo. No importa las veces que caiga, no importa las veces que traicione al padre Rodrigues –¿hasta 70 veces 7?–, siempre vuelve arrepentido. Porque, como dice una frase, “un hombre no se define por sus caídas, sino por su capacidad para levantarse”. ¿No será, en el fondo, la fe de Kichijiro la más fuerte de todas? En realidad, tanto Pedro como Judas traicionaron a Jesús en el momento más decisivo, los dos le negaron de la misma manera. La única diferencia es cómo reaccionaron después: Pedro reconoció su caída y lloró amargamente, mientras que Judas pensó que no había perdón posible para él y se quitó la vida. Y por eso uno fue nombrado cabeza de la Iglesia (¡el primer papa!) mientras que el otro se ganó el eterno llanto y rechinar de dientes. En el fondo, la fe es creer en la misericordia de Dios y, por lo tanto, levantarse siempre, da igual lo gorda que sea la caída.
Kichijiro es un Judas arrepentido, y mira que a él le ofrecieron 300 monedas en lugar de 30 (300 que, curiosamente, es la cifra que Judas dice que cuesta el perfume de nardo puro que María de Betania derrama sobre los pies de Jesús). Y por su arrepentimiento es redimido. Quizás no tiene vocación de mártir (no queda claro lo que sucede al final cuando se lo llevan), pero mantiene la fe, hace del arrepentimiento su modo de vida y su camino de salvación. En su humildad se reconoce siempre pecador y necesitado del perdón de Dios. Y quién sabe, quizás es él quien ayuda al final al padre Rodrigues a conservar su fe.
LetaníasBueno, podríamos comentar muchas más cosas de la película, porque cada vez que me pongo a pensar y repasar alguna escena, las ideas me llueven a cántaros. Es lo que tienen las auténticas obras de arte, que son un pozo sin fondo. Pero más bien os invito a que hagáis vosotros vuestra propia reflexión sobre la película, porque los ojos nuevos descubren el mundo de forma nueva.
Simplemente me limitaré a comentar algunas ideas de pasada por si a alguien le ayudan. Para empezar, al guion se le podrían criticar algunos errores, incluso de carácter histórico. Sin embargo, estos vienen heredados de la novela que adaptan. De hecho, Scorsese mejora el libro en algunos aspectos, acercándolo más al cristianismo. Pero lo que no se le puede pedir a la película es que sea una catequesis, porque esa no es su función. También, por poner sobre la mesa otro aspecto que se puede considerar negativo, creo que la violencia de Silencio a veces es demasiado física y/o gráfica, aunque también es cierto que la peor parte acontece en el interior de los personajes, que es donde está la mayor carga dramática. En parte, la violencia está justificada por el guion, y es un elemento constitutivo del drama que pretende representar. Sin embargo, en algunas escenas, la tortura de los personajes se puede convertir en una tortura también al espectador. No vería descabellado que algunas personas vivan la película como una experiencia de terror.
Otro aspecto que sería interesante estudiar en detalle son todas las referencias evangélicas que hay en la película, como las 30/300 monedas, la entrada en burro a la ciudad, la agonía del Getsemaní o frases como “lo que tengas que hacer, hazlo rápido” o “tengo sed”. Os lo dejo como deberes.
Ya por último, me parece muy interesante cómo el final de Silencio puede servir como la otra cara de la moneda del excelente libro San Manuel Bueno, mártir, de Miguel de Unamuno. Puede ser perfectamente el contraplano del otro problema de fe. En la novela de Unamuno (ojo, spoilers), un sacerdote pierde la fe y en su interior se ve incapaz de rezar, pero exteriormente actúa de forma devota, como si creyera, por caridad con los demás, hasta el punto de que todo el pueblo lo tiene por santo (¿no podría acercarse esto a la definición de fe, el actuar como si se creyera a pesar de las dudas?). En cambio, en el final de Silencio, el padre Rodrigues hace todo lo contrario: exteriormente renuncia a toda manifestación de su fe, pero en su interior sigue creyendo y rezando. Juntando ambas piezas, nos queda un sublime mosaico que nos muestra cómo las dificultades en la vida de fe proceden tanto del exterior como del interior, y el sufrimiento que conlleva cuando ambos mundos se contraponen. Y aunque en ambas obras el martirio espiritual les lleva a esta disociación entre el creer y el obrar, las dos nos pueden ayudar a comprender lo que son las pruebas de fe, y descubrir que tener una visión trascendente tiene sentido y nos sostiene hasta en las condiciones más adversas. Si no, echadle un ojo a Diario de un cura rural, Ordet, o la reciente Los domingos, cuya comparación con Silencio también sería tremendamente interesante. Aunque esa historia mejor la dejamos para otro día. Podéis ir en paz.
Daniel
18/04/2026
