ANÁLISIS

Análisis cinematográficos de directores y películas


Analizar para profundizar en el misterio

¿Cuál es la diferencia entre una crítica y un análisis cinematográfico? Dicho de forma sencilla, la primera está centrada en transmitir una evaluación (estética, moral…) sobre una película, en términos generales, mientras que el segundo se centra en profundizar en aspectos concretos y detalles. Como se suele decir, el crítico ve 10 películas de una vez, mientras que el analista ve 10 veces la misma película.

Ahora bien, ¿realmente es necesario adentrarse con tanta profundidad en una obra? Para la mayor parte del cine, la respuesta es no. El lenguaje cinematográfico que suelen usar la mayoría de directores que se preocupan un mínimo por la forma suele ser bastante transparente y fiel a la teoría. Sin embargo, de vez en cuando surge una película que supera los límites del lenguaje. Ante una obra así, nosotros, si queremos descubrir toda su riqueza, también estamos llamados a ir más allá, y aprender a releer y reinterpretar ese nuevo lenguaje que propone la película. La obra maestra genera una brecha en los límites del arte, abre caminos nuevos nunca antes explorados. Lo fácil es descartar las películas que se salen de los cánones. Pero nuestro deber es descartar nuestro criterio para abrir nuevos cánones en los que quepan estas nuevas obras. Y sobre estas películas (o directores) necesitamos profundizar mediante el análisis.

El análisis fílmico no es una ciencia, por eso, distintos análisis, según las herramientas que utilicen, pueden llegar a resultados contradictorios. El libro Estética y semiótica del cine, de Lauro Zavala, explica que hay 4 posiciones desde las que podemos acceder a analizar una película. La primera es mediante las teorías del lenguaje, que exploran cómo las películas funcionan por dentro, sus procesos de significación, qué herramientas del lenguaje cinematográfico dan al espectador para que juegue... Después están las teorías del espectador, que como su nombre indica, se centran en el espectador, examinando qué respuesta posible se configura en él, aunque sin salirse de la película. En tercer lugar tenemos los estudios extratextuales, es decir, los estudios ideológicos, culturales, sociológicos, de la antropología del cine..., que, desde fuera de la película, con herramientas que no son cinematográficas, deciden mirar el contenido de esta, pero sin bajar a la forma, ni al estilo, ni al lenguaje. Estos estudios suelen tener poco o nada que ver con el arte, y corren el riesgo de desvincularse completamente de la película, ya que, con el contenido, cada uno puede decir lo que le dé la gana. Por último, tenemos los análisis de los procesos de creación, que se centran en todo aquello que rodea la película: el análisis económico, el rodaje, el director...

Si bien recurrir a elementos externos a la obra a veces puede iluminar lo que en ella se encuentra, me parece que la vía adecuada es trabajar con la propia película, como hacen las teorías del lenguaje. Al final, lo que queremos es beber de la fuente, por muy interesante que sea el mecanismo con el que se saca el agua, el lugar donde está situada o qué tipo de personas acuden a ella. El agua más pura se bebe de la propia obra, no de los charcos que la rodean. Pero me parece que todavía podemos ahondar un poco más, y mirar más allá de lo que las teorías del lenguaje frecuentemente hacen. ¿Cuál es el manantial de donde brota esta agua pura y cristalina a la que llamamos obra de arte? ¿Por qué es capaz de saciarnos durante unos instantes esta sed de sentido, de belleza, de descubrir la esencia de las cosas? Para acercarnos a este misterio, tenemos que abrirnos al sentido ontológico del arte. Ese sentido que nos dice que el arte no es solo entretenimiento, que en la obra se está manifestando algo que resuena con lo más profundo de nuestro ser… Si olvidamos la fuente y el sentido del arte, nos quedaremos en un terreno pseudo-académico que dificultará conectar con la obra tanto al analista como al lector. Y no olvidemos la disposición con al que hay que acudir para entablar un diálogo sincero con la obra. Como dice Guardini, «a pesar de tanto hablar de arte, son tan pocos los que tienen una relación auténtica con él. La mayor parte, ciertamente, sienten algo bello, y a menudo conocen estilos y técnicas, y a veces buscan también algo interesante por su materia o incitante a los sentidos. Pero la auténtica conducta ante la obra de arte no tiene nada que ver con eso. Consiste en callar, en concentrarse, en penetrar, mirando con sensibilidad alerta y alma abierta, acechando, conviviendo. Entonces se abre el mundo de la obra.»

Como conclusión, creo que el fin de todo texto escrito sobre una obra de arte debería ser ayudarnos a conocer verdaderamente la obra, entrar en un diálogo profundo y enriquecedor con lo que allí se manifiesta, que nuestra esencia conecte con la de la realidad representada. En resumen, ayudarnos a descubrir esa epifanía que se da en toda verdadera obra de arte.

*Esta introducción es un resumen del artículo de opinión Las profundidades del misterio



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